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3 de abril de 2020, 4:02:17
Libros


¿Quiénes son realmente los autores de los textos antiguos?

Por Nelson Rivera

Nelson Rivera (ALN).- En el libro El copista como autor, el filólogo italiano Luciano Canfora señala un hecho de abrumadora simpleza: el lector copista es el ‘autor material’ del texto antiguo. Y deja abiertas algunas preguntas: ¿A qué llamamos texto original? ¿Quién es realmente el autor del texto antiguo? ¿Cuánto del original ha llegado hasta nosotros?


El punto de partida es inquietante: no disponemos de los originales de los grandes textos antiguos. Por siglos y milenios las obras se han conservado como resultado de la actividad de los copistas.

Las obras -las versiones que han sobrevivido y llegado hasta nosotros- son el producto de la intervención de personas distintas a los autores: discípulos que tomaban notas en el momento o a partir de sus recuerdos, admiradores que encargaron la tarea de transcribir las palabras de los autores.

En el libro El copista como autor (Editorial Delirio), el filólogo italiano Luciano Canfora dice: “es el copista el auténtico artífice de los textos que han logrado sobrevivir”. Canfora señala un hecho de abrumadora simpleza: el lector copista es el ‘autor material’ del texto antiguo.

Es la mente del copista la que filtra el texto con el que se ha compenetrado. En tanto que único verdadero lector, se apropia del texto. Allí surge “el impulso de intervenir: típica, y casi obligada reacción del que ha entrado en el texto. Es por esta causa que el copista, exactamente porque copiaba, se ha convertido en protagonista activo del texto. Porque es el que mejor lo ha entendido, el copista se transforma en coautor del texto”.

El copista de los grandes textos antiguos es tomado por el impulso de mejorar el texto, de zanjar la brecha, de rellenar lo que falta

La operación mental del copista va más lejos: no se resigna a las brechas. La sensación de que algo falta le produce malestar. El copista necesita superar el asunto que lo incomoda. Es tomado por el impulso de mejorar el texto, de zanjar la brecha, de rellenar lo que falta. Estos impulsos son fuentes de errores, en la mayoría de los casos, conceptuales.

A ello hay que agregar otro factor: los errores “mecánicos” en que puede incurrir el copista: anotar una palabra en vez de otra; retomar la tarea en un punto que no era el mismo en que la había dejado; leer desde una lógica distinta a la del autor y distorsionarlo. Así, es posible establecer una tasa de deformación: mientras menor sea el tiempo que media entre el autor y el copista, menor será la cantidad de deformaciones que sufrirá el texto.

El lector puede especular y preguntarse qué queda de los originales que, a lo largo de los siglos, han pasado por el trabajo de varios copistas. O, una cuestión más profunda, cómo copiar o traducir textos que se produjeron en realidades mentales (filológicas) de hace 2.000 o 3.000 años.

Canfora deja abiertas algunas preguntas: ¿A qué llamamos texto original? ¿Quién es realmente el autor del texto antiguo? ¿Cuánto del original ha llegado hasta nosotros?

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