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¿Qué teme Trump del fiscal especial que investiga el ‘Rusiagate’?

martes 27 de junio de 2017, 18:27h
Patricia J. Garcinuño (ALN).- Robert Mueller es un hombre con liderazgo y criterio respetado por republicanos y demócratas. Así definen sus compañeros al que fue director del FBI durante los mandatos de George W. Bush y Barack Obama.
Mueller es el segundo director del FBI que más tiempo permaneció en el puesto, después de J. Edgar Hoover / Foto: EFE
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Mueller es el segundo director del FBI que más tiempo permaneció en el puesto, después de J. Edgar Hoover / Foto: EFE

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca estuvo marcada por la polémica desde los inicios. Pero sin duda, el asunto que más ampollas levanta en su mandato es el conocido como Rusiagate, la presunta injerencia que tuvo el Kremlin durante la campaña electoral y su posible coordinación con el equipo del magnate.

Después de que el consejero del presidente en Seguridad Nacional, Michael Flynn, tuviese que dimitir el 14 de febrero por reunirse con el embajador ruso en EEUU antes de asumir el cargo, Trump decidió contratacar. Destituyó a James Comey como director del FBI por “esa cosa de Rusia”, según admitió el propio presidente en una entrevista en la NBC.

Entonces, el Departamento de Justicia designó un fiscal especial para llevar el caso. La elección recayó sobre Robert Mueller, el hombre que puede presumir de ser el segundo director del FBI que más tiempo permaneció en el puesto, después del icónico y polémico J. Edgar Hoover. Estuvo de 2001 a 2013 en dos etapas muy distintas: el mandato de George W. Bush y el de Barack Obama.

Esta designación fue calificada por Trump como “la mayor caza de brujas a un político en la historia de América”. ¿Qué teme de Mueller?

El hombre que estuvo al frente del FBI en el 11-S

A sus 72 años, este fiscal especial cuenta con el respeto tanto de demócratas como de republicanos. La elección y la renovación al frente del FBI fueron aprobados por unanimidad en el Senado.

No lo tuvo fácil: lo nombraron director de la institución el 4 de septiembre de 2001, apenas unos días antes de los atentados del 11-S. Ante los evidentes fallos de seguridad e inteligencia, muchos vieron el cierre del FBI como una solución. Mueller se opuso y lo modernizó dedicando más recursos a antiterrorismo y mejorando la cooperación con otras agencias federales.

Mueller modernizó el FBI dedicando más recursos a antiterrorismo y mejorando la cooperación con otras agencias federales

El trabajo de Mueller convenció en Washington de tal manera que en 2011 el Congreso aprobó una ley para que pudiese permanecer en el cargo más tiempo, ampliando el periodo de los habituales 10 años a los 12.

Este neoyorkino criado en Philadelphia se graduó en la Escuela Universitaria de Derecho de Virginia después de servir en Vietnam como miembro de la MarinA. Comenzó trabajando en las oficinas del fiscal federal, donde permaneció 12 años. En este tiempo fue jefe de la división criminal del Distrito Norte de California, en San Francisco, y asistente del fiscal federal en Boston.

También estuvo una temporada en el sector privado, antes de regresar al gobierno como ayudante del fiscal general en 1989 donde ascendió rápidamente en el departamento de la división criminal. Tras abandonar la sede del Departamento de Justicia, fue fiscal federal de San Francisco justo antes de incorporarse al FBI en 2001. Cuando dejó el FBI, en 2013, se unió al bufete de abogados WilmerHale, al que renunció una vez designado como fiscal especial.

Philip Mudd, exsubdirector de la rama de seguridad nacional del FBI, alabó la figura de Mueller en CNN tras su elección. “Cada estadounidense que piense que este es un momento de agitación, les guste o no el presidente, hoy puede respirar con tranquilidad: Robert Mueller es tierra firme”, dijo.

Además, Mudd aseguró que el exdirector del FBI “no es que sea uno de los mejores, es que es el mejor que he visto. Tiene liderazgo, criterio y es bueno tomando decisiones”. También señaló que las presiones a las que se vería sometido al llevar un caso tan complejo y polémico no conseguirán doblegarle: “No hay nadie mejor para seguir con tenacidad un objetivo sin ser sometido a ninguna presión del Congreso, del presidente, de los medios de comunicación, de nadie en el FBI. Ni siquiera del fiscal general o del fiscal general adjunto”.

Mueller y Comey fueron compañeros, no amigos

En las últimas semanas, tanto el presidente como su entorno más cercano han intentado desacreditar a Mueller. La última estrategia es convencer de que no está capacitado para llevar la investigación por su cercanía a James Comey. “Son muy, muy buenos amigos, lo cual es molesto”, aseguró Trump durante el programa Fox&Friends. Sin embargo, esta afirmación no parece del todo cierta.

La última estrategia de Trump para desprestigiar a Mueller es convencer de que él y James Comey son “muy buenos amigos”

Mueller y Comey trabajaron juntos en el Departamento de Justicia durante la administración de George W. Bush. Pero, según contó este viernes David Kelley, que sucedió a Comey como fiscal federal en Manhattan, los exdirectores del FBI no eran precisamente íntimos. “Jim nunca ha estado en la casa de Bob. Bob nunca ha estado en la casa de Jim. Han comido juntos una vez y cenado un par de veces, una con sus esposas y otra después de que Jim entrase como director en el FBI”, explicó según recoge The Washington Post.

Sin embargo, en alguna ocasión sí se han dedicado elogios. En la ceremonia de la Casa Blanca de 2013, en la que Mueller pasó el testigo a Comey en el FBI, el ahora fiscal especial describió a su predecesor como “un hombre de honestidad, dedicación e integridad”.

En los respectivos periodos al frente de la institución, ambos han mantenido estilos distintos. Mientras que Mueller es descrito en la prensa norteamericana como un hombre “de rostro sombrío y exigente”, Comey destaca por su carácter accesible y exteriormente afable. No obstante, coinciden en el mutuo respeto a la aplicación de la ley.


'The New York Times' recogió en junio que Trump consideró despedir a Mueller, pero que sus asesores lo convencieron de no hacerlo / Flickr: Gage Skidmore

Trump asegura ahora que no grabó a Comey

En un principio, el exdirector del FBI guardó silencio sobre los motivos de la destitución, aunque filtró a The New York Times, como él mismo reconoció, que el presidente de EEUU le dijo en una cena privada en la Casa Blanca: “Necesito lealtad, espero lealtad”.

Eso hizo que Trump sacase la artillería pesada en Twitter y lo amenazase insinuando que poseía grabaciones comprometedoras: “¡Será mejor para Comey que no haya ‘cintas’ de nuestras conversaciones antes de que las empiece a filtrar a la prensa!”.

Tras las continuas embestidas de Trump en redes sociales y diversas entrevistas, Comey estalló. En un meticuloso escrito de siete folios, confirmó al Comité de Inteligencia del Senado las presiones por parte del Ejecutivo. Después, acusó al presidente de mentir, difamar e intentar darle directrices para frenar la investigación. Afirmó que el mandatario le dijo: “Espero que puedas dar esto por concluido”. El abogado de Trump lo negó inmediatamente: “Trump solo dijo que Flynn era un buen tipo, nunca pidió que se dejara de lado la investigación”.

Este jueves, sin embargo, Trump reconoció que no tiene “ni idea” de si hay cintas o grabaciones de sus conversaciones con James Comey. “Con todos los reportes recientes de vigilancia electrónica, interceptaciones, desenmascaramiento y filtraciones ilegales de información, no tengo idea de si hay cintas o grabaciones de mis conversaciones con James Comey, pero yo no las hice y no las tengo”, afirmó a través de Twitter.

Trump pide que se ponga el foco sobre Obama

Este sábado, The Washington Post publicó que el expresidente Obama recibió a comienzos de agosto de 2016 un informe secreto de la CIA basado en fuentes del Gobierno ruso sobre la injerencia del Kremlin en el proceso electoral de EEUU.

En él se detalló “la implicación directa del presidente ruso, Vladimir Putin, en una campaña cibernética para perturbar y desacreditar la carrera presidencial estadounidense” con el objetivo de impulsar a Trump, según explicó el diario.

El Ejecutivo de Obama debatió entonces varias opciones para frenar a Rusia. Finalmente, en diciembre, dio luz verde a un paquete moderado de sanciones que incluía la expulsión de 35 diplomáticos. “Es la cosa que me resulta más difícil de defender de todo mi periodo en el gobierno. Siento como que nos atascamos”, afirmó al Post un exfuncionario implicado en el debate.

Donald Trump, que dos días antes opinó que los ciberataques rusos habían sido “una farsa impulsada por los demócratas”, volvió a darles credibilidad para cargar contra su antecesor. “Acaba de salir: la Administración de Obama supo mucho antes del 8 de noviembre (día de las elecciones) sobre la interferencia en las elecciones por parte de Rusia. No hizo nada al respecto. ¿POR QUÉ?”, se preguntó.

La solvencia de Mueller podría acabar con Trump

La actitud que viene mostrando Trump en las últimas semanas, más allá del habitual tono agresivo, es la de una persona arrinconada por las circunstancias. Dispara acusaciones a todo el que puede para hacerse la víctima y hacer creer que una investigación tan grave como el Rusiagate es tan solo una rabieta del Partido Demócrata por perder las elecciones.

La elección como fiscal especial del caso de Robert Mueller, un hombre de Estado con una solvente carrera en el FBI y un perfil impecable de cara a la opinión pública, no hace más que aumentar los nervios del presidente. De hecho, The New York Times recogió en junio que Trump consideró despedir a Mueller, pero que sus asesores lo convencieron de no hacerlo.

De momento, Mueller ya ha solicitado entrevistar a tres funcionarios de alto rango de inteligencia: Dan Coats, director de inteligencia nacional; el almirante Michael Rogers, encargado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA); y Richard Ledgett, exsubdirector de la NSA.

El fiscal pretende así aclarar sus dudas sobre si Trump pidió ayuda a los tres funcionarios para intentar que Comey dejara de investigar a Flynn, cometiendo un delito de obstrucción a la justicia. Si esto se demostrase, podría llevar al presidente a la destitución, según contempla la Constitución en el artículo II, apenas unos meses después de su llegada a la Casa Blanca.

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