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Julio Iglesias convive en Twitter con su otro yo

Alonso Moleiro (ALN).- Colmado y repleto, caminando hace rato en sus setentas, Julio Iglesias, uno de los más exitosos cantantes populares de habla hispana de todos los tiempos, vive -y convive- en las redes sociales con otro elemento: un controvertido personaje, tanto o más famoso que él, delicado y excéntrico, acostumbrado al embeleso popular, al aplauso y al elogio en aquel tiempo de éxitos que lució interminable: él mismo, de joven. Su otro yo. También mantiene una atenta correspondencia con Latinoamérica, lamentando las catástrofes naturales de México y Puerto Rico.
Julio Iglesias ha estado pendiente de las catástrofes naturales en México y Puerto Rico / ALN: Mariana Zapata
Julio Iglesias ha estado pendiente de las catástrofes naturales en México y Puerto Rico / ALN: Mariana Zapata

“Transformar el ultraje de los años en una música, un rumor, un símbolo”. Entre otras cosas, esta línea de Jorge Luis Borges interpreta con notable agudeza la eterna persecución de la belleza, la obsesión con la estética, que yace en el alma natural de los artistas, sean éstos cultos o populares.

Julio Iglesias, uno de los más exitosos cantantes populares de habla hispana de todos los tiempos, tiene una cuenta de Twitter que rinde un homenaje propio, parcial, acaso involuntario, a lo expresado por el escritor argentino en su “Arte Poética”. Se trata de hacerle frente con dignidad al “ultraje” del tiempo.

Los años pasan, inevitablemente, para él y para todos. Iglesias, que por supuesto no es el de antes, se defiende con sus canciones. Regresando y recreando la plácida tranquilidad de su música. Intercala otros contenidos con sus éxitos populares de siempre. Un cancionero que domina el tenor de su perfil.

Y mientras lo hace, los rostros que recrean la cuenta, junto a las fotos que acompañan los enlaces, están conformados por sus fotos. Fotografías, casi todas, de sus años mozos: no tanto de sus inicios, de los últimos años del franquismo, como los de sus mejores cuarentas, en pleno apogeo de Felipe González. El tiempo de “Hey” y “Un hombre solo”.

En el diálogo necesario con seguidores y público, por supuesto que Julio Iglesias mantiene una atenta correspondencia con la situación de algunos países latinoamericanos a causa de las catástrofes naturales, en este caso con México y Puerto Rico.

Atiende aquí Julio Iglesias con rictus muy común de los artistas internacionales respecto a la relación con los países en los cuales está la gente que lo quiere y lo sigue. Este ha sido el tenor de varios de los “tuits” del baladista español por estos días. También hubo un pronunciamiento sentido luego de los atentados terroristas de Barcelona de agosto pasado.

Desde finales de los 60 hasta entrado el 2000, Julio Iglesias ha navegado con el canto en varios idiomas, desembarcando en infinidad de aeropuertos en calidad de superestrella, y ha entrado en las carteleras de unas cuantas decenas de países con sus canciones.

En los amplios dominios del habla hispana, para muchos, su solo nombre encarna el arquetipo universal del baladista. Su vida personal, y la de sus hijos, han sido pasto permanente para infinitas jornadas de consumo y análisis en la prensa del corazón. De hecho, la filipina Isabel Preysler, una de sus exesposas, es, técnicamente, una inquilina informativa permanente, una nevera lista para dispensar el relleno de páginas de la revista Hola y otras de perfil similar.

Los poco más de 80.000 seguidores actuales de Iglesias, sin embargo, no denotan demasiada continuidad entre las glorias de hace unos años y la circunstancia actual. Por mucho que sea cierto que no parece un usuario demasiado frecuente y que los músicos no siempre tienen empatía con la red. Julio Iglesias cuelga permanentemente sus baladas y sus colaboraciones recientes con otros grandes artistas. Su hijo Enrique es, desde hace rato, de forma comprensible, el epicentro de todos los focos de interés.

Colmado y repleto, caminando hace rato en sus setentas, Iglesias vive -y convive- con otro elemento: un controvertido personaje, tanto o más famoso que él, delicado y excéntrico, acostumbrado al embeleso popular, al aplauso y al elogio en aquel tiempo de éxitos que lució interminable: él mismo, de joven. Su otro yo. Todavía suenan fuertes los ecos que aclamaban la presencia de aquel superastro que tenía, como todos los de su condición, prohibido envejecer.

Alonso Moleiro

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