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El charlatán y el demagogo son especies afines

sábado 20 de enero de 2018, 15:00h
Nelson Rivera (ALN).- El filósofo Harry G. Frankfurt publicó en 2006 el que debe ser su ensayo más leído: ‘On bullshit’, más vigente hoy que entonces. El libro se centra en la figura del charlatán.
El charlatán actúa con una intención, la de engañar / Foto: Pixabay
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El charlatán actúa con una intención, la de engañar / Foto: Pixabay

Harry G. Frankfurt (1929) es filósofo moral, profesor emérito de la Universidad de Princeton. Varios de sus libros están disponibles en nuestra lengua. En 2006 publicó el que debe ser su ensayo más leído: On bullshit, más vigente hoy que entonces: hace una década todavía no estaba en debate el tamaño del botón nuclear.

El libro se centra en la figura del charlatán. En 2013 fue traducido al español bajo el título Sobre la charlatanería: entonces escribí una reseña que sintetizo a continuación.

Frankfurt dice: es un vasto fenómeno, al que muchos contribuyen. Agregaría: el charlatán podría resultar tan numeroso como el propagador de rumores. A menudo, el fanfarrón y el que sabe-algo-que-los-demás-no-saben, se funden. Charlatanería y rumorología: animalillos del mismo corral.

Quien tergiversa deforma aquello sobre lo que habla, pero también se deforma a sí mismo: imposta un estado de ánimo, un conocimiento, una experticia, un saber que no tiene

Vuelvo a Frankfurt: El charlatán actúa con una intención, la de engañar. Su procedimiento consiste en tergiversar. Pero hay algo más: porta una pretensión. La pretenciosidad es, muy a menudo, su causa.

Quien tergiversa lo hace en dos sentidos: deforma aquello sobre lo que habla, pero también se deforma a sí mismo: imposta un estado de ánimo, un conocimiento, una experticia, un saber que no tiene. Busca causar una buena impresión, pero sin hacer ningún esfuerzo ni someterse a las exigencias de la precisión. Habla por hablar, aun cuando sus palabras no concuerden con la realidad.

Tergiversa porque le importa el público. Es tal su necesidad de elogio o reconocimiento, que no le importa si sus afirmaciones se corresponden con los hechos. Su preocupación no está en la realidad, sino en la audiencia. No le detiene la comprobación.

Edgar Morin, a propósito de París, escribió: todo café tiene su charlatán mimado. El charlatán está más próximo al faroleo que a la mentira. Su intención no es la de mentir, sino la de actuar de modo fraudulento.‘On bullshit’ está más vigente hoy que cuando se publicó / Flickr: José Luis Agapito

El charlatán, también próximo al mitómano, falsifica. Y, aunque tememos más a la mentira que a la charlatanería, Frankfurt sostiene que esta es más perniciosa que aquella. Mientras la mentira se posiciona ante la verdad, con lo cual la reconoce (la ratifica, la legitima), el charlatán, más libre y con unas posibilidades creativas que la mentira no tiene, desconoce tanto la verdad como la mentira. Se coloca en terreno inasible.

El charlatán y el demagogo usan instrumentos comunes: cinismo, verdades a medias, generalizaciones, ambivalencia en la aproximación a los hechos. Ambos comparten el mismo deseo, la misma desesperación: en busca de aplauso, deforman la realidad.

Nelson Rivera

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