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Esperar hace que el ser humano sienta el paso del tiempo con la máxima intensidad

sábado 28 de abril de 2018, 12:00h
Nelson Rivera (ALN).- En ‘El tiempo regalado’ Andrea Köhler afirma que la espera nos amarra al tiempo, a su transcurso consciente. Esperar hace comprender los hilos secretos y crispados que unen esperanza y desesperación.
Ninguna experiencia hace sentir de forma tan intensa el paso del tiempo como la de esperar / Foto: Pixabay
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Ninguna experiencia hace sentir de forma tan intensa el paso del tiempo como la de esperar / Foto: Pixabay

Ninguna experiencia nos hace sentir de forma tan intensa el paso del tiempo como la de esperar. Andrea Köhler cita a Roland Barthes, quien escribió que la identidad de quien ama consiste en esperar. Bajo esa misma lógica estamos autorizados a decir: vivir es esperar. En rigor, son esperas: diferenciadas, peculiares, incomparables. Un abismo separa a quien aguarda el inicio de la jornada diaria, de quien está a la espera de un informe médico. La sola tarea de clasificar las esperas obligaría a una exhaustiva revisión de cada minuto de nuestras vidas.

Andrea Köhler dice en El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera (Libros del Asteroide, España, 2018), que “esperar a alguien” es una expresión que recién aparece en el siglo XVI. En el siglo XVIII, la espera adquiere connotaciones de impaciencia, de dolor. Con Goethe la espera toma los tintes del anhelo. En la espera “algo duele”. Esperar y amar operan como sinónimos. “El que ama no puede permitirse nunca llegar tarde. El anhelo se presenta indefectiblemente. Es hermano del miedo”.

Mientras se espera, la mente se convierte en un escenario de razones y especulaciones protagonizadas por quien nos hace esperar

Esperar nos pone a prueba: lo concreto y lo imaginario se encuentran. El que espera no puede sacar de su pensamiento la posibilidad de ser abandonado. La espera guarda una ansiedad que se remonta hasta la infancia, al temor irrenunciable a la ausencia de la madre. Mientras se espera, la mente se convierte en un escenario de razones y especulaciones protagonizadas por quien nos hace esperar. Es una dramaturgia. Revisamos los motivos posibles, confirmamos si no nos habremos equivocado de día o de hora, dudamos sobre qué hacer: si continuar esperando o abandonar el lugar.

Por momentos, el pensamiento cruza los límites hacia la sospecha: ¿acaso la espera a la que hemos sido sometidos ha sido deliberada? ¿Nos han dejado plantados para dejar en evidencia nuestra fragilidad?

Indefensos ante el tiempo

La espera nos amarra al tiempo, a su transcurso consciente: llegamos a sentir el paso de los minutos y los segundos. Nos sentimos indefensos. En silencio, rogamos, oramos: que la espera alcance su fin. La brecha entre presencia y ausencia se carga de impaciencia. El que espera está atrapado por una fuerza que no logra desentrañar. Esperar nos hace comprender los hilos secretos y crispados que unen esperanza y desesperación.

Aunque sea parte de un grupo, quien espera está solo. Difícilmente puede compartir su experiencia interior. Desde esa perspectiva, la espera es excluyente. A la espera no sólo se nos somete: también a veces es una elección que hacemos. A medida que nos alejamos de la infancia, se produce “el aprendizaje de la postergación”. En la niñez la espera se experimenta como impotencia. Aprender a vivir es cultivar la paciencia. Algunas esperas tienen algo dulce: la alegría anticipada que producen ciertos anuncios. Samuel Johnson reivindicaba la espera, porque ella nos conducía a la tibia reconciliación con la esperanza.

Hay un vínculo indeleble entre el poderoso y la espera. Dice Köhler: “Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida, y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que confiere a este poder un carácter ominoso. La prohibición de moverse ha sido siempre prerrogativa del poder patriarcal. El que nos hace esperar nos ata a un lugar”.Sherezade salvó la vida haciendo esperar al Sultán mil y una noches / Foto: Wikipedia

Köhler hace mención al comentario de Michel Foucault sobre la espera -a menudo estratégica en el frente de batalla. En cartas y diarios provenientes de la Primera Guerra Mundial hay relatos que testimonian los desesperantes extremos que alcanzaba a los combatientes en las trincheras: preferían las balas a la insoportable tensión que se acumulaba a lo largo de los días. Esperar resultaba una condena. Una realidad ominosa causada por un poder ajeno, injusto. “Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce (…) Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, la que nos provoca el dolor y la vergüenza de la espera”.

La espera, herramienta totalitaria

Dictaduras y regímenes totalitarios hacen de la espera su herramienta esencial. El poder centraliza, burocratiza, oculta, posterga, convierte la vida en antesala. Hay un uso político de la espera: domesticar, doblegar, despojar de voluntad a quien aguarda una respuesta. En las obras de Herta Müller, Czeslaw Milosz y Alexsandr Solzhenitsyn, la espera adquiere aplastantes dimensiones.

Andrea Köhler no se refiere a ellas. Dedica unas páginas de su ensayo al relato de Franz Kafka, “Ante la ley” (“nadie ha sido más implacable con el tema del parentesco entre la escritura y la espera que Kafka”), y al Samuel Beckett de “Esperando a Godot”, que convirtió la espera en una dimensión dramatúrgica: la dramaturgia siempre está a la espera de que ocurra algo.

A pesar de su aparente proximidad, la espera es el registro obsesivo del presente, mientras que la esperanza se proyecta hacia el futuro

En la dramaturgia cristiana, “la vida espera a que la vida comience después de haber concluido”. Mientras la espera se resiste a terminar, las personas nos vemos enfrentadas al tiempo subjetivo de la espera. Nos toca, cada vez que se produce, intentar decidir qué hacemos mientras esperamos. Durante la espera podemos entregarnos a un nervioso sinsentido o escoger alguna forma de control -leer, por ejemplo-, que nos evite la sensación sin atenuantes de tiempo perdido. Estas aparentes victorias sobre nosotros mismos, quizás no sean sino estrategias de ocultamiento. Se pregunta Köhler: “¿Y acaso no giran nuestras vidas en torno a tales engaños, no es sino nuestra propia labia la que nos protege del genuino horror vacui de la espera?”.

Espera más enfermedad: cuando ambas coinciden la espera se endurece. Köhler llama la atención al hecho lingüístico: paciente y paciencia son palabras hermanas. La enfermedad establece una espera, un ritmo: la existencia del paciente se torna lenta. Mientras aguarda, a menudo se aburre. Al enfermo lo acecha un cierto sinsentido.

Köhler se limita a enunciar un tema que podría ser un inmenso campo de reflexiones: el deslinde entre espera y esperanza. A pesar de su aparente proximidad, la espera es el registro obsesivo del presente, mientras que la esperanza se proyecta hacia el futuro.

A medida que se avanza hacia el final del libro, Köhler comenta a algunos autores que algo tienen que decir de la espera. Una de las virtudes de El tiempo regalado es la cantidad de puertas y posibilidades que abre. En realidad, todo en el mundo vive a la espera de lo siguiente, de lo que está por suceder. Esperar es un eje de lo humano. A propósito de Sherezade, escribe: “El hombre espera y en la fenomenología de su espera descubrimos algo fundamentalmente humano que sólo toma cuerpo en su transcurso”.

Nelson Rivera

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