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Maduro escogió reprimir más pero no podrá eludir la negociación con Guaidó

sábado 10 de agosto de 2019, 13:00h
Ysrrael Camero (ALN).- Los representantes de Nicolás Maduro decidieron no presentarse en la más reciente ronda de negociaciones en Barbados. La excusa es lo de menos. No es la primera vez que una de las partes decide levantarse en una negociación. Tampoco será la última. Es parte de la dinámica y los noruegos lo saben.
Maduro se monta en la escalada represiva / Foto: Presidencia Venezuela
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Maduro se monta en la escalada represiva / Foto: Presidencia Venezuela

Este tipo de acciones forma parte de la estrategia de quienes saben que corren el riesgo de perder en la mesa lo que no están dispuestos a ceder en la realidad, por ahora. El entorno de Nicolás Maduro sabe que tiene mucho que perder en Barbados, y que lo que se pacte allí también habrán de negociarlo internamente. Se levantan porque están perdiendo, pero se sentaron porque no tenían alternativa.

Los tiempos también pueden estar cercando la capacidad política de la actual dirigencia de las fuerzas democráticas. Juan Guaidó se convirtió en Presidente de la Asamblea Nacional el 5 de enero de 2019, desde allí ha asumido constitucionalmente la Presidencia de la República en una situación de emergencia. El Estatuto de la Transición, aprobado por la Asamblea Nacional, marca un año para la resolución de la crisis. Si no se logra una solución antes de enero de 2020 las fuerzas democráticas podrían enfrentar problemas internos que no son de fácil resolución.

Con esta acción el futuro inmediato por el que ha optado Maduro es la escalada de represión y la persecución contra la disidencia política y social, mayores violaciones de los derechos humanos y un mayor aislamiento internacional. El régimen acelera la autocratización, lo que incrementará la pobreza y el éxodo. Todo esto es responsabilidad de Maduro, como brutal dictador, y de su entorno de cortesanos y saqueadores. Saben que en Barbados tienen las de perder, y pretenden poner contra las cuerdas a las fuerzas democráticas para llevarlas cercadas a enero de 2020, cuando la Asamblea Nacional deberá renovar a su Junta Directiva.

Pero a pesar de estos gestos grandilocuentes y estas acciones brutales, más temprano que tarde, la crisis venezolana irá desembocando en la difícil construcción de un acuerdo entre partes. Porque la reconstrucción de Venezuela necesitará de una solución pactada a la presente crisis, sea mañana o sea pasado.

Este proceso existe porque Maduro no tiene capacidad de hacer desaparecer a la oposición ni de obtener más recursos para sobrevivir sin darle solución a la crisis política. Asimismo, existe porque la oposición tampoco tiene capacidad de desplazar a Maduro del poder sin negociar. Como no es posible un triunfo aplastante que haga desaparecer al otro, están obligados a sentarse, ceder y acordar si pretenden tener futuro.

¿A quién ayuda las sanciones?

La escalada de la política de sanciones del gobierno de Donald Trump contra Nicolás Maduro y su entorno puede ser entendido en este mismo contexto. EEUU ha pasado de la política de las sanciones inteligentes e individuales para propiciar las divisiones dentro del chavismo, desarrollada por el expresidente Barack Obama, a una de sanciones más amplias contra el régimen de Maduro, cerrándole fuentes de financiamiento y de acceso a recursos. Todo con el fin de propiciar que el bloque de poder se rompa y se abra una brecha para una transición.

Mantener la distancia adecuada en la política de sanciones es difícil. Las sanciones internacionales fueron muy útiles para obligar a Sudáfrica a eliminar el apartheid y democratizarse, pero han sido contraproducentes en Cuba, contribuyendo, paradójicamente, a la estabilización del régimen castrista.

Si las sanciones contribuyen a dividir al bloque de poder en moderados y radicales, distribuyendo costes de manera diferenciada, se abre la posibilidad de una transición. En cambio, si las sanciones contribuyen a consolidar la unidad del bloque de poder alrededor de una política de resistencia, los regímenes se consolidan en medio del empobrecimiento de la población.

En la boca de todos

Estamos todos atrapados en el mismo barco. Nicolás Maduro se encuentra atenazado por la comunidad internacional, tanto occidental como regional. El impacto de la crisis venezolana se extiende con mucha fuerza por toda América del Sur. Dificulta el proceso de paz en Colombia al brindar un aliviadero para el grupo terrorista ELN y al meter presión migratoria sobre un Estado con capacidades y recursos limitados. Millones de migrantes venezolanos tocan a las puertas de los gobiernos de Quito, Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires y Montevideo. Para estos países la crisis venezolana es un problema de política doméstica, y se hace imperativo ponerle fin pronto.

Maduro es una carga incluso para sus aliados. No es un socio confiable para Rusia y para China, y los costos económicos de una jugada geopolítica contra Estados Unidos en la región son demasiado altos para tomárselos en serio. Vladímir Putin y Xi Jingping también blufean, por lo que también están interesados en que la situación venezolana se resuelva.Guaidó necesita resultados antes de enero de 2020 / Twitter: @jguaido

Una solución que estabilice

Pero la resolución no es la misma para todas las partes. Eso está en la médula del dilema del proceso de negociación. ¿Qué aspectos unifican a las distintas partes del caso venezolano? Lo primero es la estabilización. Todos los intereses, legítimos o no, internos o externos, coinciden en que Venezuela tiene que estabilizarse para que deje de presentarse como un problema.

Para el régimen de Maduro estabilizar implica darle continuidad al status quo presente y asegurarle acceso a recursos, financieros y técnicos, para seguir extrayendo usufructo de las riquezas venezolanas. Esta opción no es viable a mediano plazo porque no detendría la migración de venezolanos y seguiría desestabilizando la región.

Para las fuerzas democráticas la estabilización pasa por la salida de Maduro, y la instalación de un gobierno democrático, que sea fruto de unas elecciones libres, y pueda desarrollar una política de reconstrucción de la sociedad y su economía con acceso a los recursos financieros y tecnológicos de los que dispone la comunidad internacional.

Ninguna de las partes internas tiene manera de imponer su versión de la estabilidad, que los actores externos necesitan, a menos que estén dispuestos a ceder y reconocer la existencia legítima de los otros.

¿Elegir?

La separación entre poder y gobierno es el aprendizaje por el que debe pasar el chavismo, y especialmente los sectores que rodean a Nicolás Maduro. Abrirse a la posibilidad de ceder el gobierno para conservar el poder no es un trago fácil, pero es un imperativo para llegar al segundo paso.

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Las elecciones son el segundo punto común en todos los actores. La resolución de la crisis venezolana ha de pasar por un proceso electoral, bien sea al inicio de la transición, bien sea en medio del proceso, o bien sea como cierre de este. Es ineludible porque es la única fuente de legitimidad del poder de la que beben todas las partes.

Pero las elecciones tienen que estructurarse para estabilizar, no para que el conflicto se desplace modificando el mapa de las fuerzas en pugna. Maduro sabe que el chavismo no está en capacidad de ganar unas elecciones frente a una oposición unida y movilizada, por lo que acciona para dividirla y frustrar a sus bases. Las fuerzas democráticas saben de la desconfianza que el sistema electoral manejado por Tibisay Lucena genera en sus bases. A ninguno de los dos le interesa cualquier tipo de elección.

¿En qué tiempo?

Los tiempos de la política y los tiempos de la sociedad no se mueven a la misma velocidad, pero una destrucción económica de proporciones colosales junto con un empobrecimiento de la gente nunca visto le imprime un sentido de urgencia a las decisiones políticas.

La falta de capacidad para llegar a un acuerdo se come la legitimidad de las partes. El régimen de Nicolás Maduro yace destruido, si a popularidad nos referimos, pero la identidad chavista todavía tiene un potencial de crecimiento al haber generado una simbología y una narrativa. Esta es la esperanza de futuro para gente como Héctor Rodríguez si logran destrabar la negociación.

Los tiempos también pueden estar cercando la capacidad política de la actual dirigencia de las fuerzas democráticas. Juan Guaidó se convirtió en Presidente de la Asamblea Nacional el 5 de enero de 2019, desde allí ha asumido constitucionalmente la Presidencia de la República en una situación de emergencia. El Estatuto de la Transición, aprobado por la Asamblea Nacional, marca un año para la resolución de la crisis. Si no se logra una solución antes de enero de 2020 las fuerzas democráticas podrían enfrentar problemas internos que no son de fácil resolución.

Entonces, es ineludible una solución negociada a la crisis. Esta solución ha de garantizar estabilidad y pasa por un proceso electoral. Al no haber posibilidad realista de una intervención externa la garantía de los acuerdos depende del respeto mutuo de las fuerzas internas. Y este respeto solo se construye cuando no hay nada mejor que el acuerdo para todas las partes que podrían bloquearlo.

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Reconstruir la noción de un proyecto compartido, de una narrativa común que una pasado, presente y futuro, que no otra cosa es una comunidad nacional, implica que el futuro será común para chavistas, antichavistas y para el resto de la Venezuela diversa que sufre la crisis.

Así como el chavismo tiene que aprender a separar gobierno y poder, para poder ceder el primero conservando algo de lo segundo, a los sectores democráticos les toca ser explícitos en que la imagen del futuro democrático de Venezuela implica el reconocimiento de la existencia legítima del chavismo como fuerza política y social.

El voluntarismo como actitud, perspectiva y postura nos hace daño. De un proceso de negociación no se sale con lo que impone nuestra soberana voluntad, sino con acuerdos que derivan del concreto mapa de fuerzas, del encuentro de todas las voluntades y poderes reales. Nicolás Maduro y su entorno, el chavismo y sus aliados, tienen poder, real y concreto. Las fuerzas democráticas tienen el apoyo mayoritario de la sociedad y de la comunidad internacional occidental y regional.

Cualquier acuerdo posible ha de partir de la realidad de estas fuerzas. No hay una solución posible a la crisis sin el reconocimiento al chavismo, no hay tampoco salida a la crisis sin el reconocimiento de la legitimidad y fuerza de los sectores democráticos. Mientras más tardemos en concretar estas mutuas concesiones más dilatado será el sufrimiento para los venezolanos.

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