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En la batalla contra Guaidó, Maduro se quedó sin el factor sorpresa

miércoles 02 de octubre de 2019, 18:00h
Pedro Benítez (ALN).- Maduro no tiene juego nuevo. Carece de nuevas cartas. No tiene ideas nuevas. Perdió el factor sorpresa, ese del que tanto alarde hizo Hugo Chávez. A Maduro se le ven los próximos pasos. Todas sus jugadas de ahora en adelante son previsibles porque ya las aplicó y ninguna le ha funcionado. Exactamente la misma lógica que emplea en la economía.
La gran apuesta de Maduro es que nada cambie / Foto: PSUV
La gran apuesta de Maduro es que nada cambie / Foto: PSUV

Nicolás Maduro carece hoy de ese factor que según El Arte de la Guerra es fundamental en la lucha por el poder: la sorpresa. Un ejemplo de esto lo constituye el retorno de la bancada del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) a la Asamblea Nacional (AN) que preside Juan Guaidó. La misma no ha conllevado ninguna novedad en su accionar, ninguna carta bajo la manga, ningún conejo ha salido de la chistera.

Por el contrario, el exministro del Trabajo, Francisco Torrealba, coordinador de los diputados chavistas que se reincorporaron, luego de dos años de ausencia, al Parlamento de mayoría opositora, ha declarado que para que se le levante el desacato al cuerpo legislativo, este debe regresar a la misma directiva que tenía en 2016 y desdecirse de todas las disposiciones tomadas desde entonces.

La ruta de Maduro de ahora en adelante está telegrafiada: como no va a poder tomar el control de la Asamblea Nacional desde adentro, va a usar su Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para designar algún nuevo rector en el Consejo Nacional Electoral (CNE) alegando la imposibilidad de llegar a un acuerdo con la oposición en la Asamblea Nacional. Este ardid ya lo aplicó el chavismo hace más de una década. Por supuesto, se va a saltar el detalle de que ese TSJ ha sido designado ignorando a esta Asamblea.

Es como que si nada hubiera pasado desde entonces. Como que si el tiempo se hubiera detenido. Y en realidad ha pasado, y mucho. Un presidente del Parlamento reconocido por la mayoría de las democracias del mundo como el presidente interino del país. Una reelección presidencial (la del 20 de mayo de 2018) desconocida por esos mismos países. Una economía devastada por un inédito proceso de demolición. Unas sanciones internacionales. El demoledor informe de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet. Millones de venezolanos emigrando. Un desprestigio total del régimen chavista.

Una Asamblea Nacional que pese a todos los pesares y la persecución sigue en pie y desafiante. Una oposición que ha conseguido en contra de todos los pronósticos reorganizarse en torno a una nueva figura.

Ha pasado, y mucho. Pero Maduro a su retorno de Rusia actúa como que no fuera así. Entre la disyuntiva de negociar seriamente o intentar imponerse (como hace tres años) repite lo segundo. Lo que ya intentó y no le ha resultado porque no conduce a nada. Insiste en que quiere “dialogar” con la oposición que él se invente y no con la que existe. En imponer unas condiciones que no tiene capacidad para imponer.

¿Qué significa todo esto? Que Maduro no tiene ideas nuevas. No tiene juego nuevo. Carece de cartas. Todas sus jugadas de ahora en adelante son previsibles porque ya las aplicó y ninguna le ha funcionado. Exactamente la misma lógica que emplea en la economía. Perdió el factor sorpresa, ese del que tanto alarde hizo Hugo Chávez. Incluso acusar a sus adversarios de vínculos con el paramilitarismo colombiano es un recurso bastante viejo.

Por otro lado, lo de crearse una oposición a la medida tampoco es una idea nueva. Maduro la viene acariciando desde hace tiempo y algo intentó en su remedo electoral del año pasado. Pero atrapado por su propia conducta de embaucador no fue capaz de cumplir la más mínima de las concesiones que ofreció a los participantes. No cumplió entonces y no tiene la más mínima intención de cumplir a nadie a ahora.

La ruta de Maduro de ahora en adelante está telegrafiada: como no va a poder tomar el control de la Asamblea Nacional desde adentro, va a usar su Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para designar algún nuevo rector en el Consejo Nacional Electoral (CNE) alegando la imposibilidad de llegar a un acuerdo con la oposición en la Asamblea Nacional. Este ardid ya lo aplicó el chavismo hace más de una década. Por supuesto, se va a saltar el detalle de que ese TSJ ha sido designado ignorando a esta Asamblea.

A continuación, jugando con la paciencia de la comunidad internacional (incluyendo a los rusos) va a intentar estirar las cosas hasta el año que viene para con ese CNE y esa “nueva oposición” convocar elecciones parlamentarias, que es su fijación en este momento.

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Lo que busca es crear un dilema al movimiento que encabeza Guaidó entre votar o abstenerse en esas condiciones y dividir así al campo democrático. Ninguna estratagema que el chavismo no haya aplicado antes. Todas previsibles.

Por supuesto, nada de eso conseguirá que le levanten las sanciones, ni implicara la salida política que esperan los venezolanos y la comunidad internacional. Nada de eso mejorará la economía, ni le permitirá a rusos y chinos cobrar lo adeudado.

Sin embargo, Maduro parece decidido a burlar cualquier negociación seria. Mandará (porque no le queda otro remedio) a sus representantes al mecanismo de Oslo con el mismo objetivo: no negociar nada concreto y seguir corriendo la arruga.

Para Maduro el problema es, evidentemente la Asamblea, y no él mismo. Ese es el obstáculo que quiere sacarse de encima. Por eso insistirá con sus nuevos aliados locales en elecciones parlamentarias y no en las presidenciales que sabe que perderá.Ahora el factor sorpresa está en la Asamblea Nacional que preside Guaidó / Foto: @jguaido

¿Cómo responderán Juan Guaidó, los partidos venezolanos y los gobiernos extranjeros que le respaldan ante lo que es un guion ya escrito? Es lo que está por verse. Porque ahora son ellos los que pueden valerse del factor sorpresa. Tal como lo hicieron en enero pasado cuando sacaron la carta de designar a un nuevo presidente del cuerpo legislativo, que amparándose en la Constitución, asumió competencias ejecutivas.

Por lo pronto, la estrategia inmediata de Guaidó (ya lo dijo públicamente) consiste en exactamente lo contrario a la de Maduro. Es decir, ponerlo en evidencia. Ante la Fuerza Armada Nacional (FAN), ante los rusos, ante los chinos, ante el propio chavismo. Que él es el obstáculo a toda negociación seria y que esta pasa necesariamente por una elección presidencial.

No hay nada nuevo o que no se sepa que Maduro no vaya a hacer o decir. Es lo que vemos con la economía donde realiza las mismas viejas ofertas y consignas. Más CLAP, más petros, “articular un nuevo modelo productivo”, publicar precios acordados, “activar motores productivos” y fortalecer la economía comunal, mientras la hiperinflación toma nuevamente vuelo en un país castigado sin clemencia. Una demostración desesperante de la incapacidad del chavismo para autorreformarse.

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Por todo eso es que la gran apuesta de Maduro es el inmovilismo. Que nada cambie. Pero de lo que se puede estar seguro es que en este mundo todo cambia y cambia rápido.

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