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Henry Kissinger da una lección sobre la psicología del liderazgo político

domingo 01 de diciembre de 2019, 14:00h
Aníbal Romero (ALN).- Un mundo restaurado, de Henry Kissinger. “Admito que mucho me hubiese gustado escribir este libro; pero ya que Kissinger lo hizo, y muy bien, me he conformado con leerlo y disfrutarlo. Se trata seguramente de la obra de la que más he aprendido, en lo que tiene que ver con el complejo tema del poder y las relaciones internacionales, y ocupa lugar privilegiado entre los libros que consulto con mayor frecuencia”.
Kissinger se desempeñó en las más altas cumbres del poder en Estados Unidos / Foto: WC
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Kissinger se desempeñó en las más altas cumbres del poder en Estados Unidos / Foto: WC

La obra comenzó su vida como la tesis doctoral de Henry Kissinger en la Universidad de Harvard, donde la culminó en 1954, y fue publicada como libro en 1957. De la misma cabe destacar, por una parte, ciertos aspectos formales que le confieren particular coherencia. Comentaré por otra parte algunos de sus más importantes temas sustantivos.

En cuanto a lo primero, conviene empezar por el título mismo del libro, que con elocuencia refleja el problema central discutido en sus páginas, es decir, la restauración de una estructura de paz y estabilidad en Europa, luego de las turbulencias generadas por las guerras napoleónicas. El proceso narrado comienza en los albores del siglo XIX y alcanza su punto culminante en el Congreso de Viena (1814-1815); cubre igualmente otros encuentros diplomáticos posteriores a la derrota definitiva de Napoleón. De esos eventos y reuniones surgieron una serie de acuerdos y compromisos políticos que lograron extenderse durante un siglo, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914). Hubo ciertamente algunas guerras entre los poderes europeos a lo largo de esos años, pero fueron guerras limitadas entre Prusia y Francia y Prusia y Austria (“guerras de Bismarck”), así como la guerra de Crimea. Estos conflictos se llevaron a cabo sin que se perturbasen los pilares básicos del balance de poder entre las grandes potencias de la época. Si tomamos en cuenta las enormes conmociones acaecidas durante los años en que Francia y Napoleón extendieron sus conquistas en el continente europeo, es posible medir con mayor justicia el logro extraordinario que significó el siguiente siglo de paz.

Tal es el logro que Kissinger busca resaltar y explicar en su obra, y para ello la organizó en función de un tema medular y varios temas convergentes. Es un libro armonioso en el plano formal, pues el autor no sólo procura narrar una historia, sino también y fundamentalmente usarla como ilustración de ciertos conceptos y principios de la política internacional, que desarrolla bien sea de manera explícita o implícita. Esta doble tarea es ejecutada con destreza, y la obra alcanza sus metas mediante una prosa ponderada y una distribución equilibrada de los diversos capítulos y secciones. Ello permite al lector seguir el hilo de la historia y a la vez captar los problemas filosóficos de fondo, tocantes a la psicología del liderazgo, la naturaleza de los órdenes internacionales legítimos, y el papel y limitaciones del conservadurismo como actitud y visión política.

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El tema central de Un mundo restaurado es el choque entre un factor revolucionario y los que procuran preservar un orden de paz, basado en la limitación de aspiraciones y propósitos. Alrededor de este tema medular Kissinger elabora analogías de marcado interés, pues la obra, a decir verdad y sin que el autor lo revele a plenitud, quiere que entendamos a Hitler, y más tarde al comunismo soviético, como otros factores revolucionarios, que más tarde y a la manera de Napoleón avanzaron gracias a la incapacidad de sus enemigos para entenderles, para saber quiénes eran realmente, y para hacerlo a tiempo.

Kissinger enfatiza que “la historia enseña por analogía, no por identidad”. El objetivo del libro, en otras palabras, no es establecer una equivalencia perfecta entre actores y situaciones en muchos aspectos disímiles, como lo fueron Napoleón, Hitler, y la Rusia soviética, sino extraer de su conducta la columna vertebral, en sentido político, que les caracteriza y define. Como actores revolucionarios su rasgo clave es no saber dónde detenerse, y luchar por objetivos ilimitados. La política de apaciguamiento o appeasement que usualmente emplean los enemigos de la revolución, sobre todo en las primeras etapas del reto revolucionario, no pone de manifiesto otra cosa que la incapacidad de las fuerzas conservadoras y estabilizadoras para enfrentar una política de objetivos ilimitados.

Es por todo lo anterior que los revolucionarios pueden conquistar sus metas, y que sus adversarios tienden a responder tardía y débilmente ante el desafío que representan. Sencillamente no es fácil saber, a tiempo, quién es un verdadero revolucionario, pues no es fácil reaccionar, a tiempo, con toda la fuerza que una convicción inequívoca es capaz de generar. Si fuese tarea fácil, los revolucionarios jamás tendrían éxito. La ambigüedad inicial es el disfraz que protege a un verdadero revolucionario. Por ejemplo, y salvando todas las grandes distancias entre estos casos y los ya mencionados, Fidel Castro y Hugo Chávez, a pesar de que intentaron en lo posible ocultar su verdadera naturaleza de revolucionarios en las primeras etapas, no dejaron de mostrar aspectos que debieron en su momento resultar intensamente inquietantes, para los interesados en preservar el statu quo e impedir un cambio radical en Cuba y Venezuela. Hubo algunos que advirtieron oportunamente lo que se les venía encima a cubanos y venezolanos, pero sus voces de alerta no tuvieron la resonancia que merecían. Esto es lo que normalmente pasa en tales situaciones.Kissinger explica la restauración de la paz en Europa tras las guerras napoleónicas / Foto: WC

El análisis más original y las observaciones más agudas de Kissinger en su obra, se refieren a las psicologías en conflicto de Napoleón, como actor revolucionario, y de Metternich, canciller del imperio austro-húngaro, y Castlereagh, ministro del exterior británico. Otro personaje hacia quien el autor dirige su atención es el Zar de Rusia, Alejandro I, que a ojos de Kissinger encarnó entonces una concepción mesiánica de su misión, quizá tan potencialmente peligrosa para la paz y la estabilidad como la del revolucionario francés.

Según Kissinger, el problema de la utopía es que nos lleva a violentar el sentido de los límites. Si lo que aguarda al término del camino es la redención, entonces cualquier costo se justifica para obtenerla. Por esta razón los profetas como Alejandro I, a diferencia de los estadistas como Metternich y Castlereagh, se convierten en factores perturbadores de la estabilidad y complican una paz basada en el equilibrio. Los órdenes internacionales legítimos, argumenta Kissinger, son aquéllos que se sostienen sobre un acuerdo básico de los principales actores, en torno a la aceptación de un esquema de conducta común con relación a los límites infranqueables de la acción política. La legitimidad no implica la ausencia de conflictos o la supresión de las guerras, sino la limitación de los objetivos. La búsqueda de seguridad absoluta es propia de actores revolucionarios y mesiánicos, incapaces de detenerse y empeñados en imponer su visión sobre el resto; de allí que la búsqueda de seguridad absoluta por parte de un actor revolucionario, en función de una utopía o de una ambición ilimitada, significa la inseguridad absoluta de todos los demás.

Los estadistas que jugaron un rol crucial, tanto en la ruta hacia la derrota de Napoleón como en la restauración del balance de poder luego de Waterloo, fueron Metternich y Castlereagh. Son realmente extraordinarios los estudios que Kissinger lleva a cabo con respecto a estas personalidades, tan diferentes en sus estilos como cercanos en sus metas. El primero era arrogante y cínico, el segundo sobrio y atormentado. Lo que da al análisis de Kissinger una dimensión sobresaliente es el despliegue de la acción de estos personajes, tarea que con maestría lleva a cabo en la obra, ubicando los rasgos psicológicos y actitudes políticas de cada uno en el contexto nacional al que se debían, y que no tenían más remedio que representar.

Metternich era instrumento de un imperio multinacional en tensión permanente y al borde de la fragmentación. Su política perseguía servirse de las ansias de legitimidad de Bonaparte, quien era un revolucionario que aspiraba, al final de la ruta y ya en apariencia asegurado su poder, a la aceptación de su nueva dinastía por el resto de Europa. Austria era militarmente débil pero psicológicamente poderosa; podía otorgar lo que Napoleón ansiaba: legitimidad. De allí que el emperador francés acabase casándose con María Luisa, hija del Emperador de Austria y por lo tanto investida del prestigio de la antigua dinastía de los Habsburgo.

Metternich, sin embargo, hacía sus movimientos de ajedrez persuadido de que a pesar de todo, Napoleón no sería capaz de vencerse a sí mismo y aceptar límites. Esto violentaba su naturaleza esencial como revolucionario. La hora de la confrontación última y decisiva llegaría, pero Austria tendría que aguardar el momento oportuno, y sólo actuar en medio de una sólida alianza con los demás poderes conservadores.

La política de Metternich requería gran cautela y sutileza. De su lado, Castlereagh, representante de un poder insular, seguro bajo la protección del mar y de la Armada Real, buscaba también un balance de poder en el continente, pero las realidades domésticas británicas le impedían comprometerse, luego de Waterloo, con una línea de acción preventiva frente a los posibles estallidos revolucionarios. Metternich pretendía ahogar las amenazas al nacer; Castlereagh entendía las preocupaciones de su homólogo, pero la Gran Bretaña, fortalecida por sus tradiciones e instituciones ancestrales, y sostenida por sus experiencias y realidades geopolíticas, se hallaba apegada a una política defensiva, no preventiva. A pesar de estas diferencias, que Castlereagh hizo lo posible por minimizar con sólo un éxito parcial y relativo, el mundo restaurado que el esfuerzo de estos notables estadistas logró establecer, una vez vencida la amenaza de dominio universal de Napoleón, sobrevivió en sus elementos esenciales por un siglo, lo cual significó una conquista diplomática en modo alguno desdeñable.‘Un mundo restaurado’ trata el tema del poder y las relaciones internacionales / Foto: FCE

Cabe añadir, por cierto, que la atenta lectura de Un mundo restaurado contribuye, a mi manera de ver, a entender las más hondas raíces psicológicas y políticas del llamado Brexit, es decir, del proceso de ruptura entre el actual Reino Unido y la Unión Europea.

Las semblanzas que realiza Kissinger, constituyen un buen correctivo a las interpretaciones históricas que reducen el curso de los eventos a fuerzas puramente impersonales, sin reparar en el impacto que ciertos individuos pueden tener en determinadas circunstancias sobre el destino de los pueblos. Tales semblanzas van más allá del estudio psicológico, y profundizan en las ideas sobre el poder, la naturaleza humana, el papel de los Estados y las diversas versiones del conservadurismo que sostuvieron Metternich y Castlereagh.

Si bien Kissinger, años más tarde, cuando se desempeñaba en las más elevadas cumbres del poder en Estados Unidos, negó en repetidas ocasiones que sus maniobras diplomáticas y actuaciones políticas estuviesen de algún modo inspiradas en los personajes que dibujó en su primer libro, no es difícil hallar algunos puntos de contacto y analogías que vinculan su labor de estadista con las ideas expuestas en Un mundo restaurado.

En síntesis, una obra que encierra decantada y sorprendente sabiduría, dada la juventud de su autor cuando la escribió, así como sólida erudición y una palpable distinción en el estilo literario. Un libro que sin duda recomiendo al lector.

(Henry A. Kissinger, A World Restored, Boston: Houghton Mifflin Co., 1957. Hay una edición en español: Henry A. Kissinger, Un mundo restaurado, México: Fondo de Cultura Económica, 1973).

Aníbal Romero

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar.

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