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La incertidumbre es lo único seguro para América Latina en 2020

viernes 20 de diciembre de 2019, 14:00h
Rogelio Núñez (ALN).- Cuatro son las características que presentará 2020 para la región latinoamericana: será un año de muy alta intensidad electoral, de persistencia de la parálisis reformista a causa de los bloqueos político-institucionales, de favoritismo de las oposiciones en las urnas y de persistencia de las grandes incertidumbres.
Leonel Fernández puede regresar al poder en República Dominicana / @LeonelFernandez
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Leonel Fernández puede regresar al poder en República Dominicana / @LeonelFernandez

2019 se acerca a su final y aparece en el horizonte un año 2020 repleto de incertidumbres, a lo que contribuye que vaya a haber muchas más citas en las urnas de lo que se preveía hace tan sólo un trimestre.

Cuatro son las características que presentará 2020 para la región latinoamericana: será un año de muy alta intensidad electoral, de persistencia de la parálisis reformista a causa de los bloqueos político-institucionales, de favoritismo de las oposiciones en las urnas y de persistencia de las grandes incertidumbres.

1-. Un nuevo año de intensidad electoral elevada

2020 se presentaba hace unos meses como un año casi sin citas electorales después de tres años muy intensos, entre 2017 y 2019 con 15 elecciones. Sólo estaban previstas unas elecciones presidenciales en la República Dominicana y unas legislativas en Venezuela y el resto eran comicios locales. Sin embargo, los sucesos ocurridos entre octubre y diciembre de 2019 han alterado el panorama:

Ya no habrá una sola elección presidencial en 2020 sino dos. Bolivia se unió el 25 de noviembre a República Dominicana tras anularse los comicios del pasado 10 de noviembre. Si en el país caribeño todas las miradas están puestas en el posible regreso al poder de un expresidente (Leonel Fernández) en la nación andina el exmandatario (Evo Morales) se encuentra exiliado en Argentina y no podrá concurrir, lo que deja viertas todas las posibilidades.

Habrá un referéndum en Chile, donde el 15 de noviembre se convocó esta consulta para decidir si la ciudadanía se inclina por el cambio constitucional o no y si este se articula a través de una Convención Constituyente, creada exnovo, o con mezcla de convencionales elegidos y otros procedentes del actual Congreso.

En Perú habrá elecciones legislativas tras decretar el presidente Martín Vizcarra el pasado 30 de septiembre la disolución del Congreso. Estas legislativas se alzan como un test de cara a las presidenciales de 2021 e incluso para la supervivencia del Ejecutivo de Vizcarra.

Además, habrá elecciones a gobernadores en México y municipales en Chile, República Dominicana, México, Uruguay y Costa Rica.

2-. La persistencia de la parálisis reformista

Uno de los principales problemas que ha padecido la región desde el fin de la bonanza de la Década Dorada (2003-2013) ha sido la ausencia de reformas estructurales que preparen a la región para afrontar los retos de la adaptación al cambio de matriz productiva mundial.

Si la propia bonanza desincentivó ese tipo de transformaciones, luego la creencia de que se trataba de una desaceleración pasajera (2013-2017) o el intenso ciclo electoral (2017-2019) obstaculizaron la puesta en marcha de procesos reformistas.

Que el proceso electoral continúe en 2020 y que conviva con el actual periodo de incertidumbre e inestabilidad no favorece la puesta en marcha de medidas de reformas estructurales: las movilizaciones han paralizado primero y rebajado después el ajuste en Ecuador y en Chile el cambio constitucional ha pasado a un primer plano desplazando a las reformas planteadas por el gobierno.

El analista Patricio Navia apunta en El Líbero que la calle ha conseguido obtener, en los hechos, un poder de veto sobre los gobernantes que han visto reducido su margen de acción para acometer reformas: “Uno de los legados más dañinos del estallido social que se inició hace casi dos meses en Chile es la convicción de que los proyectos de país que ganaron las elecciones en las urnas pueden ser revertidos con movilización en las calles. Si una coalición política gana legítimamente una elección, su capacidad para implementar su programa de gobierno va a depender de la capacidad de bloqueo y obstrucción que tenga la oposición”.

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La región se ha vuelto mucho más inestable debido a problemas antiguos no resueltos que se han ido acumulando y agravando (la corrupción, la inequidad o un progreso que no llega a todos a la misma velocidad). Lo más probable es que esta oleada de malestar social siga en América Latina en 2020 e incluso se extienda a otros países.

Como escribe el analista peruano Augusto Álvarez Rodrich en La República todo apunta a que no habrá reformas estructurales por falta de voluntad política en unos casos y de carencia de fortaleza de los gobiernos en otros, como el caso peruano evidencia: “The Economist dice que “quizás más presidentes deben imitar a su colega peruano Martín Vizcarra, quien en veinte meses en el cargo ha evadido la toma de decisiones impopulares, como aprobar un proyecto minero. Y a la cabeza de una ola de enojo con los políticos, disolvió un congreso obstruccionista”. La revista británica recuerda que Martín Vizcarra es uno de los cuatro presidentes de Latinoamérica con aprobación superior a 50%, y concluye que “los gestos complacientes con la tribuna pueden tranquilizar a las calles, pero sólo posponen el descontento, no lo disminuyen”. O sea, el beneficio de jugar ‘al muertito’”.

3-. La continuidad de la dinámica político-electoral

2020 va a suponer una continuidad en cuanto a la dinámica político-electoral que vive la región.

América Latina vive tiempos de protestas, movilizaciones y castigo a los gobiernos de turno. Un castigo que se da en las calles (por ejemplo, con más de un millón de personas saliendo en Santiago para mostrar su rechazo a la gestión de Sebastián Piñera) o en las urnas, tal y como se ha puesto en evidencia en las últimas elecciones presidenciales en Argentina y Uruguay o en las locales en Colombia.

Porque si algo une a estas tres citas es que los diferentes oficialismos recibieron duros castigos. En lo que va de 2019 en todas las citas electorales en América Latina -salvo en las controvertidas y finalmente anuladas bolivianas del 20 de octubre- ha vencido la oposición: empezó en El Salvador con Nayib Bukele, siguió en Panamá con Laurentino Cortizo y en Guatemala con Alejandro Giammettei, y finalmente aconteció en Argentina, Colombia y Uruguay.

2020 puede volver a ser tiempo propicio para las oposiciones.

La oposición boliviana, pese a ir dividida, es favorita dado que el MAS no tiene aún candidato y su líder, Evo Morales, está fuera del país e impedido de presentarse. Si bien el masismo, en el poder entre 2006 y 2019, tiene un voto fiel en torno a 35%, llega a estos comicios muy debilitado e incluso en medio de una guerra civil interna para hacerse con la herencia de Evo Morales entre Eva Copa, quien encarna al sector más moderado del partido, y Adriana Salvatierra, el sector más cercano al anterior mandatario.

En República Dominicana el PLD en el poder desde 2004 acude desgastado, sin sus grandes referentes históricos como presidenciables (Leonel Fernández y Danilo Medina) y dividido ya que los seguidores de Leonel Fernández se han separado del partido, han creado su propia formación y le presentan por fuera de un PLD que tiene como candidato a un “danilista” de perfil bajo como Gonzalo Castillo.

Evo Morales no podrá ser candidato en Bolivia / @evoespueblo

4-. La única certeza, la incertidumbre

Va ser un año 2020 repleto de incertidumbres en la mayoría de los gobiernos de la región latinoamericana.

En unos países porque los gobiernos apenas han comenzado o van a comenzar su gestión (Argentina, Guatemala y Uruguay). En otros porque se va a proceder a elegir nuevos mandatarios (Bolivia y República Dominicana) o inician un profundo cambio institucional y constitucional (Chile). Otros, finalmente, porque entran en un periodo de elecciones legislativas antesala de la precampaña y campaña para las presidenciales (Perú).

Uno de los focos de atención va a estar puesto en Argentina, donde el gobierno de Alberto Fernández acaba de poner en marcha su plan económico.

Más allá de lo puramente político, el gobierno de Alberto Fernández será juzgado por su éxito o fracaso en el terreno económico y en el social. Frente a la senda de ajuste duro que emprendió Mauricio Macri en 2018-2019, Alberto Fernández no desea imponer un shock (“Vamos a salir adelante sin ajustar a los que menos tienen”, es el lema del nuevo mandatario) ni dejar de pagar la deuda. La clave para cuadrar ese círculo pasa por renegociar el pago de ese endeudamiento y, sobre todo, volver a crecer por medio de medidas de corte heterodoxo y de estímulo al consumo poniendo dinero en el bolsillo de la gente.

Eludir el ajuste y reprogramar el pago de la deuda son sólo soluciones coyunturales a la espera de las reformas estructurales que tendrán que llegar a medio plazo, las cuales no sólo causarán un inevitable malestar social sino que provocarán tensiones en la heterogénea alianza oficialista.

La clave del plan pasa por alargar los pagos de deuda (30.000 millones de dólares previstos para el año que viene) y liberar una masa de fondos equivalente en 2020 a 19%. Así se podría cumplir con la promesa de cortar el ajuste en un país sin acceso al crédito. La jugada se debe ejecutar sin errores en sólo dos meses. Seguir pagando vencimientos como una señal de buena voluntad.

Pero ello no es suficiente: será decisivo que la nueva administración exhiba un programa fiscal confiable porque los mercados necesitan conocer qué medidas piensa tomar el gobierno para afrontar los superávits crecientes.

El otro gran foco de atención estará colocado sobre el México de Andrés Manuel López Obrador, quien tratará de concretar su IV Transformación en medio de una situación de parálisis económica.

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En 2020, México continuará enfrentando un entorno relativamente desfavorable marcado por cierta incertidumbre en torno a las políticas públicas, la desaceleración de la demanda externa y un reducido dinamismo de la demanda interna. Lo anterior implica que es probable que el año que viene el PIB de México presente un crecimiento de sólo 0,8%, superior al incremento de 0,1% de 2019. En 2019, la evolución de la economía mexicana se caracterizó por una marcada desaceleración por la incertidumbre mundial y por la generada en torno a la política económica que ha instrumentado la actual administración. Ello se vio reflejado principalmente en una contracción tanto de la inversión privada como de la confianza empresarial.

La incertidumbre sobrevuela, asimismo, a países tan importantes como México, Brasil, Colombia y Venezuela.

Tras un año en el gobierno, todo apunta a que las grandes iniciativas y profundas transformaciones de López Obrador verán la luz. Unos cambios que no van a traer estabilidad sino fuertes polémicas pues no en vano el presidente ha calificado su administración como la IV Transformación, lo que esconde cambios de profundo calado institucional.

Las dudas sobrevuelan Brasil, donde la recuperación económica y las reformas conviven con un escenario regional convulso y con pugna interna entre el volátil e imprevisible bolsonarismo y el antibolsonarismo, este último agitado en las calles por un Lula da Silva “reloaded”.

En Colombia el gobierno de Iván Duque, minoritario, aislado y presionado por las movilizaciones, encara un 2020 en el que debe a la vez dar respuesta a las demandas ciudadanas y tratar de sacar adelante su agenda reformista.

Año clave igualmente para las dictaduras de la región, para saber si sobreviven al colapso económico y humanitario (Venezuela), a las dificultades económicas (Cuba) o al aislamiento internacional (Nicaragua).

Un 2020 en el que a la preocupación por la parálisis económica se une la tragedia humanitaria que se da por las oleadas migratorias en Venezuela, en Centroamérica y la hambruna a la que se asoma Haití, un país sumido en un quiebre institucional.
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