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¿Lo sabía Franklin Roosevelt? El ataque a Pearl Harbor es el origen de las teorías de la conspiración

domingo 22 de diciembre de 2019, 12:00h
Aníbal Romero (ALN).- Pearl Harbor: Aviso y decisión, de Roberta Wohlstetter. “Es, en mi opinión, una obra de extraordinaria relevancia, tanto para el campo específico de la inteligencia estratégica como del análisis político en general. Su impacto no se limita al logro puramente académico, sino que incide sobre la formulación de políticas en los campos de la estrategia, la organización de los servicios de inteligencia, el análisis político en términos más amplios”.
Japón atacó por sorpresa la base naval de Pearl Harbor el 14 de diciembre de 1941 / Foto: WC
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Japón atacó por sorpresa la base naval de Pearl Harbor el 14 de diciembre de 1941 / Foto: WC

El sorpresivo ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, que tuvo lugar el día 7 de diciembre de 1941, se convirtió casi de inmediato en un evento fundamental para la historia y la autoconsciencia colectiva de la sociedad estadounidense. La imagen de docenas de aviones de guerra japoneses bombardeando los buques de la armada norteamericana, anclados en sus muelles en Hawai, como si se tratase una práctica de tiro al blanco, ha sido recreada en incontables películas de Hollywood y discutida casi hasta la saciedad en multitud de artículos y libros.

Como ocurre casi siempre cuando se producen estos eventos inesperados, aún hoy siguen tejiéndose teorías conspirativas acerca de lo ocurrido, que rechazan las explicaciones convencionales y persiguen hipótesis alternativas, usualmente fantasiosas. Ello a pesar de que el Congreso de Estados Unidos encargó, poco después de lo sucedido, una investigación detallada sobre los antecedentes políticos y militares del evento, su desarrollo y consecuencias, y el informe final se materializó en 39 gruesos volúmenes, que cubren con admirable minuciosidad el proceso que condujo a la sorpresa asestada por la armada japonesa.

Roberta Wohlstetter, autora de Pearl Harbor: aviso y decisión, fue una destacada académica e investigadora de la RAND Corporation, California, y docente en diversas universidades. Su estupendo estudio, aparecido en 1962, se basa en parte en los hallazgos del informe del Congreso, pero también en su propio esfuerzo de revisión y análisis de un cúmulo de fuentes complementarias. El resultado es, en mi opinión, una obra de extraordinaria relevancia, tanto para el campo específico de la inteligencia estratégica como del análisis político en general. Su impacto no se limita al logro puramente académico, sino que incide sobre la formulación de políticas en los campos de la estrategia, la organización de los servicios de inteligencia y -como ya mencioné- el análisis político en términos más amplios. En su momento, la lectura de esta obra me estimuló a profundizar el tema de la sorpresa en la guerra, la política y la diplomacia, fruto de lo cual fue mi propio libro sobre el problema, titulado La sorpresa en la guerra y la política (1992). La influencia de la obra de Wohlstetter ha sido una constante en mi trayectoria como investigador y analista, pues su obra proporciona renovadas enseñanzas que me llevan a incluirla, con particular respeto intelectual, en la lista de mis libros favoritos.

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No existe una versión en español de este libro tan significativo, y me pregunto cómo debería traducirse con exactitud, en este caso, la palabra inglesa “warning” del título. En nuestro idioma “warning” puede interpretarse como “alarma”, “aviso”, o “advertencia”, sinónimos que tienen ciertas particularidades que no siempre vierten con precisión, me parece, lo que la autora intenta expresar. Tomando en cuenta los contenidos y finalidad del libro de Wohlstetter, pienso que una traducción adecuada es Pearl Harbor: aviso y decisión. Una alarma se produce una vez que ha empezado un ataque, o poco antes. Una advertencia es un aviso que denota castigo en caso de desobediencia. Lo que la autora desea resaltar es el problema de cómo los avisos concernientes a una intención efectiva (atacar por sorpresa), avisos que casi siempre existen a pesar de todos los esfuerzos por preservar el secreto, se encuentran recubiertos por una niebla de confusión, engaño deliberado, distorsiones y tretas dirigidos a que la víctima potencial del ataque no esté lo suficientemente prevenida sobre el mismo. La sorpresa es, entonces, una cuestión de grados.

Los avisos ciertos son denominados “señales” por Wohlstetter, y lo que llama “ruido” es el intenso y confuso movimiento de presuntas novedades, signos, advertencias, suposiciones, especulaciones, adivinanzas, intuiciones, falsas alarmas, etc., que usualmente acompañan la preparación de ataques de la magnitud del experimentado en Pearl Harbor en 1941. El objetivo de un departamento de inteligencia militar no es entonces otro que separar las “señales” del “ruido”, pues sólo las primeras dicen la verdad y lo segundo tiende a encubrirla.

No es tarea fácil; es más, es una tarea muy compleja y retadora, y si no fuese así no tendríamos sorpresas estratégicas, políticas y diplomáticas de la trascendencia de las que conocemos a través de la historia, que incluyen en tiempos más recientes el ataque de Hitler a la Unión Soviética en junio de 1941, la ofensiva “Tet” en Vietnam en 1968, la apertura de Nixon-Kissinger a China en 1972, el ataque a las torres gemelas en Nueva York en 2001, y los triunfos electorales del Brexit y de Donald Trump en 2016, entre otros ejemplos. En todos estos casos y muchos otros, si les estudiamos en retrospectiva, podemos hallar numerosos indicios sobre lo que iba a ocurrir, pero acompañados de un “ruido” en ocasiones ensordecedor. Lo clave, por supuesto, es captar las señales antes de que ocurra la sorpresa, para así evitarla, pero por desgracia sólo viendo hacia atrás podemos separar plenamente las “señales” del “ruido”. En el presente, a la hora de evaluar la información disponible, todo es “ruido”.Se especula que Franklin Roosevelt sabía con antelación del ataque pero lo ocultó / Foto: WC

La tesis medular del libro de Wohlstetter es que el ataque por sorpresa a Pearl Harbor, se produjo debido a una sobreabundancia de “ruido” y no a la ausencia de “señales”. En otras palabras, la autora argumenta que los servicios de inteligencia estadounidenses, ubicados en Hawai, Washington, las Filipinas, y otros sitios, recibieron durante las semanas y meses previos al ataque infinidad de informaciones, datos, indicios, etc., acerca de los planes e intenciones japoneses en general, y que ese “ruido” suscitó confusión, impidiéndoles ver el bosque por andar viendo los árboles.

Ahora bien, el extenso listado de datos que destaca Wohlstetter, que incluye los proporcionados por un programa secreto de la armada norteamericana, que permitía descifrar los mensajes encriptados de los militares japoneses, ese listado -repito- pone de manifiesto, para extrañeza del lector de la obra, que en realidad no hubo señales específicas que apuntasen a un posible ataque a Pearl Harbor. Este es un punto clave y una falla o grieta en el cuidadoso entramado elaborado por la autora, grieta que ha sido apuntada por comentaristas que admiran la obra, pero que han observado el hecho de que los japoneses lograron mantener de manera férrea y exitosa, hasta el último minuto, el secreto de su plan de ataque a Pearl Harbor como tal. Hubo una masa de información disponible, parte de la cual eran “señales”, es decir, datos ciertos acerca de las intenciones y preparativos japoneses, pero no con respecto a Pearl Harbor, sino a otros objetivos. Wohlstetter destaca que había un “ruido” intenso, informaciones que indicaban que los japoneses iban a iniciar una ofensiva y que la misma se desplegaría hacia el sudeste asiático, las Filipinas, y otros lugares, pero Pearl Harbor no apareció jamás mencionada en medio de esta cacofonía. El problema estuvo en que un posible ataque a Pearl Harbor no fue siquiera parte del “ruido”.

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Los japoneses fueron extremadamente hábiles y cautelosos, y a ello se añaden dos factores complementarios que contribuyeron a la sorpresa. Uno de ellos fue que resultaba casi imposible, en tal época y circunstancias, imaginar un ataque a una base tan alejada geográficamente de Japón, y situada en medio de las inmensidades del océano Pacífico. Esa fue la primera vez que se utilizaron portaviones en una operación de guerra, a esa escala y a tan enormes distancias, y de paso los japoneses arriesgaron la totalidad de su flota de portaviones y la flor y nata de sus pilotos. El tamaño e implicaciones de este acto temerario lo hacían de por sí muy difícil de imaginar hasta por las mentes más fantasiosas. Mientras más improbable parece algo, más difícil resulta creer en su eventual concreción. Para decirlo de otro modo: es imperativo reconocer a los planificadores y ejecutores del ataque no sólo su éxito sino un logro particularmente notable, que por supuesto contribuyó a la indignación experimentada por la sociedad y élites dirigentes estadounidenses de ese tiempo, indignación que todavía puede percibirse en el tratamiento del tema en ese país. Los japoneses, ese día del ataque, despertaron a un “gigante dormido”.

El segundo factor se refiere a las radicales medidas de prudencia tomadas por los mandos militares japoneses para desviar la atención de sus adversarios. Los japoneses, como indicaron buen número de señales, ciertamente atacaron hacia el sudeste de Asia, llegando hasta Indochina, Singapur, Java, Sumatra y otras numerosas islas en el Pacífico, y también atacaron Pearl Harbor, sobre lo que no emitieron señal alguna. Todo esto lo que sugiere -paradójicamente- es que todo es “ruido” hasta que deja de serlo. Las “señales” sólo se ven totalmente claras en retrospectiva.

En otras secciones de su libro la autora lleva a cabo una excelente exposición de algunos de los aspectos psicológicos, que inciden sobre el análisis de inteligencia y la evaluación política en general, enturbiando las mentes y obstaculizando el acceso a la realidad efectiva de las cosas. Entre otros, cabe mencionar la tendencia a creer información que confirme, en lugar de cuestionar, nuestros vigentes prejuicios y creencias, pues queremos creer en aquello que convalida lo que ya pensamos. Esta tendencia a la “confirmation bias” o parcialización hacia lo que de entrada creemos y pensamos, tiene como reverso la “cognitive dissonance” o disonancia cognoscitiva, que es el rechazo a la información que no se ajusta a nuestros existentes paradigmas o esquemas conceptuales. De allí las dificultades para preservar y fortalecer la objetividad y el equilibrio en el análisis político, hecho que se está revelando de manera aguda en nuestros días ante la proliferación de “fake news” y la creciente parcialización de los medios de comunicación tradicionales, a favor de posturas que confirmen la corrección política predominante.Esta es una obra de extraordinaria relevancia / Foto: Stanford

En síntesis, la obra de Wohlstetter, un libro pionero y fundamental en su campo, estudia tres aspectos de relevancia para el conocimiento de la historia, la política, la psicología individual y el comportamiento organizacional. Tales aspectos son:

1) La falibilidad humana, que siempre estará con nosotros.

2) La incertidumbre, que es parte de la naturaleza y del entorno sociohistórico, y el desafío de manejarla en vista de que no es definitivamente cancelable.

3) El origen de las teorías conspirativas y su función. Pienso que este último asunto es también parte de nuestra estructura psíquica, pues nos resistimos a creer que ser engañados es bastante común, ya que, como dijo una vez Goethe, “nadie nos engaña, nos engañamos a nosotros mismos”.

En tal sentido, eventos inesperados que originan gran conmoción, y que van desde Pearl Harbor a casos en otro nivel, como por ejemplo el asesinato de John F. Kennedy, el suicidio de Marilyn Monroe, el accidente mortal de Diana de Gales, y los ya mencionados resultados electorales en el Reino Unido y Estados Unidos en 2016, estos y otros eventos sorpresivos han suscitado teorías que rechazan explicaciones ortodoxas y construyen otras, basadas en no poca medida en la especulación. Se ha sostenido que a John Kennedy le mató la Mafia o Fidel Castro, que a Marilyn Monroe ordenó matarla Robert Kennedy, que la victoria del Brexit en el referendo de 2016 fue una maquinación cibernética, y que los rusos llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca. En cuanto a Pearl Harbor, la teoría conspirativa más común argumenta que el presidente Franklin Roosevelt conocía con antelación sobre el ataque pero lo ocultó deliberadamente de modo de convencer al Congreso y a la sociedad estadounidense acerca de la necesidad de participar en la Segunda Guerra Mundial. Frente a estas especulaciones, el libro de Wohlstetter explica por qué pasó lo que pasó. No obstante, estoy convencido de que las teorías conspirativas siempre estarán con nosotros. Somos humanos.

(Roberta Wohlstetter: Pearl Harbor. Warning and Decision, Stanford: Stanford University Press, 1962. No existe, que sepamos, una edición de esta obra en español).

Aníbal Romero

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar.

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  • ¿Lo sabía Franklin Roosevelt? El ataque a Pearl Harbor es el origen de las teorías de la conspiración

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    1405 | Anonimo - 23/12/2019 @ 22:17:48 (GMT)
    Si uno presta atención simplente a la puesta en escena de los acontecimientos previos al ataque de Pearl Harbour, no es dificil deducir que los americanos tenian que intuir que algo podia pasar, al margen de las pruebas que a dia de hoy pudiera haber o no. Los hechos son los siguientes. Los japoneses ya en la decada de los años 20, a finales, tenian presencia militar en gran parte de las islas del pacifico, parte de china, corea, etc etc. Y asi se mantuvo durante mas de una década. A finales de los años 30, los americanos comenzaron a tener presencia militar al ladito. Poco a poco, a medida que pasaban las semanas se iba incrementando dicha presencia, a pocos kilometros de los lugares donde los japoneses expandían su imperio desde mas de diez años vista. La presencia americana llegó a ser de tal magnitud, que o eres muy tonto, o no es dificil llegar pensar que dicha presencia americana suponía una amenaza para los japoneses en el pacifico. Hablamos de miles de buques y varios portaviones americanos, teniendo presencia en uma zona considerada quasi propia por los japoneses. Y los americanos lo sabían. Y tenían que saber por bemoles que su incremento militar en la zona iba a ser tomada como una amenaza por los japoneses tarde o temprano, y ya no hablemos del veto del petroleo etc. Quien se crea que los americanos no sabian nada estaba muy equivocado. Otra cosa es que los vencedores, su cine, sus documentales etc reescriban la historia omitiendo cosas que nunca aparecen cuando se habla del ataque de pearl harbour, ya que podria aparentar justificación al ataque japonés. Tanto japonese como americanos tenían intenciones imperialistas. Nada más. Todo el victimismo americano es un cuento chino. Sabían que estaban jugando con fuego, y lo que pasó, siendo consciente de los precedentes no era dificil de intuír. Dudo que los altos mandos americanos fueran gilipollas. Es más, fueron muy listos vendiendo el victimismo de cara a su población. Victimismo que les vino de rosas para probar las bombas atomicas contra los japoneses. Y no olvidemos la batalla de los ángeles, un capitulo rocambolesco, cuya intención era simplemente acojonar a los americanos con respecto a los japoneses. Decir que pearl harbour pilló por sorpresa a los americanos es cierto, pero a la inteligencia americana, estoy casi seguro de que no. Y ya tenian todo atado sociologicamente y mediaticamente para cuando los japoneses atacaron perl harbour.

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