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Para hablar de Pablo Iglesias hay que conocer al nuevo Pablo Iglesias

martes 31 de diciembre de 2019, 09:00h
Rafael Alba (ALN).- Este es el nuevo Pablo Iglesias. Un hombre dispuesto a hacer poco ruido y a trabajar siempre en favor de Pedro Sánchez, el último clavo ardiendo al que puede agarrarse. Hasta el punto de forzar a los dirigentes de Podemos a aparcar durante un tiempo su ideología republicana tantas veces pregonada y a alabar públicamente el último mensaje navideño del Rey Felipe VI.
Pablo Iglesias quiere arreglarlo todo con tal de ser gobierno con Sánchez / Foto: Podemos
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Pablo Iglesias quiere arreglarlo todo con tal de ser gobierno con Sánchez / Foto: Podemos

A Pablo Iglesias le ha costado mucho entenderlo, según parece. Pero, a estas alturas, ya sabe cuál es el puesto que la historia política española tenía asignado para él. No va a ser, como esperaba al principio, el mesías que lleve a la izquierda hasta el Palacio de la Moncloa para cambiar las estructuras del sistema. Ni mucho menos.

No va a asaltar los cielos, ni ahora ni luego y, sin embargo, todavía puede jugar un papel decisivo en el terreno de juego en el que se libra la partida.

Puede ser la bisagra que hace posible la difícil convivencia entre la socialdemocracia moderada y amigable con el capitalismo que representa el PSOE y los grupos radicales que se mueven en los entornos del nacionalismo de izquierdas que, en muchos casos, en especial en Cataluña y el País Vasco, suelen enmarcar sus objetivos en unas claves territoriales extremas que les sitúan siempre dentro de los movimientos independentistas. Como sucede ahora mismo con los catalanes de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) o los vascos Batasuna, por ejemplo.

Formaciones de presunto carácter social, que parecen haber perdido su perfil progresista para convertirse en acompañantes indispensables en las estrategias del viejo nacionalismo rupturista burgués que representan ahora tanto partidos moderados en la línea del Partido Nacionalista Vasco (PNV), que lidera el muy pragmático Iñigo Urkullu, como plataformas populistas del estilo de Junts per Catalunya, donde, de momento, manda el fugado ex presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Y ahí ha encontrado Pablo Iglesias su nuevo destino, porque en el contexto actual de polarización máxima y dificultades para el entendimiento, incluso entre formaciones que comparten muchos contenidos ideológicos, Podemos, junto a sus socios de Izquierda Unida y sus confluencias asociadas, puede ser el puente que permita el necesario acercamiento entre los unos, con capacidad de formar gobierno, y los otros, que no significan nada para nadie fuera de las autonomías en las que surgieron y se desarrollaron y que, además, ni siquiera han conseguido todavía consolidar la hegemonía electoral en sus territorios naturales, donde el nacionalismo conservador en versión original o mutada se mantiene en los más alto.

Iglesias, un politólogo laureado y cum laude, con fama de fino analista, ha tardado mucho en sacar las conclusiones correctas que le permitieran definir la verdadera dimensión ideológica de su proyecto en la nueva fase histórica que se alumbró tras el fin de los máximos rigores de la crisis económica.

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Ya no son la gran esperanza de las masas precarizadas. Ni siquiera la formación favorita de la juventud sin futuro. Sin embargo, aún pueden ser útiles. Se trata de reclamar y ocupar el espacio político, ahora vacío, en el que se situaba a finales del pasado siglo la vieja Izquierda Unida (IU) cuya comprensión de las pulsiones nacionalistas de sus socios en el País Vasco y Cataluña, limitó severamente sus posibilidades de convertirse en una opción de izquierdas con predicamento en toda España. Porque ya entonces estas dos posibilidades eran incompatibles, En aquel tiempo por culpa del criminal terrorismo con el que ETA castigaba a todos los españoles, Ahora por culpa de la intransigencia del independentismo catalán que parece desear imponer el criterio de sólo dos millones de votantes sobre el de los otros 35 millones de ciudadanos con derecho a voto.

Un alto costo electoral

Con esos caldos de cultivo abonados por los nacionalismos excluyentes, el resultado final que provocan estos procesos se parece un poco, aunque no deben compararse ambas situaciones porque la sangrienta tragedia provocada por los asesinos independentistas vascos no tiene parangón. Pero, en ambos casos, cualquier partido político de ámbito nacional que demuestre algún grado de comprensión hacia los defensores de modelos secesionistas paga siempre un precio muy alto que puede contabilizarse en votos perdidos. Tan alto que suele lastrar para siempre sus posibilidades de ganar unas elecciones en todo el territorio. Le pasó a IU hace poco más de una década, cuando en Cataluña el independentismo era aún minoritario. Entonces, los dirigentes vascos de la formación de izquierdas se integraron en el Gobierno autonómico que presidía Juan José Ibarretxe, el último dirigente radical del PNV hasta la fecha, que impulsó un plan para desgajar a Euskadi del estado español. Y fracasó.

Entonces, el apoyo de la coalición comunista al plan soberanista vasco, le impidió crecer en votos en el resto del estado español y les obligó a limitar sus aspiraciones estratégicas a promover pactos con el PSOE en los lugares donde sus diputados o concejales fueran necesarios. Alianzas en las que se asumiera una parte de su programa social, y se pudiera tocar poder, aunque hubiera que tragar sapos y renunciar a muchos objetivos.

¿Les suena de algo? Pues eso. Parece, como decíamos antes, que Iglesias ha comprendido por fin que no será nunca presidente del gobierno de España. O que, al menos, tardará mucho todavía en estar en condiciones de serlo, aunque antes de admitirlo ha tenido que sufrir su particular vía crucis hasta alcanzar la necesaria resignación. Un camino plagado de desastres en el que, además, su partido ha padecido males de tan difícil curación como una persistente y millonaria sangría de votos, una creciente pérdida de representación parlamentario y una periódica fuga de talentos que, gracias al cielo, de momento, no encuentran ni recompensa ni acomodo fuera de los muros protectores de Podemos.

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Y si no que se lo digan a un Iñigo Errejón en horas bajas, abandonado por esa mentora traicionera que parece haber resultado ser Manuela Carmena, después de haber perdido por un puñado de votos su condición de alcaldesa de Madrid. La mala suerte de Iñigo ha sido un bálsamo sanador de heridas para su viejo amigo Pablo. Y ha abortado algún incipiente movimiento de notables de la formación morada, dispuestos a cambiar al líder si la situación empeoraba todavía más.

Aun así, Iglesias parece ser consciente de que la suerte puede cambiar en cualquier momento y que necesita desesperadamente conseguir la vicepresidencia del Gobierno para sobrevivir. Ya no puede permitirse de nuevo el lujo de forzar otras elecciones, subiendo el precio de su apoyo a Pedro Sánchez, como hizo antes del verano, cuando rechazó una oferta bastante generosa, que hubiera aportado a Podemos y sus aliados, una vicepresidencia y tres ministerios. Sabe que la vida concede muy pocas veces una segunda oportunidad a los perdedores. Y él la ha tenido. No puede arriesgarse a perderla ahora.

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Lo malo es que, en la coyuntura actual, ya nada depende directamente de Iglesias. Ni siquiera de su nuevo mejor amigo Pedro Sánchez. Hay un montón de formaciones políticas de carácter nacionalista o regionalista que deben dar el sí, para que el anhelado gobierno progresista en el que Iglesias aspira a sentarse llegue a ser posible. Por eso, ahora a Podemos le toca demostrar que puede ser un aliado leal y útil. Para el PSOE y el resto de los implicados en la operación. Los catalanes de ERC, por supuesto, pero también los demás. Toca vestir al lobo con la piel del cordero. O mejor, aún despojar a la fiera de las garras, si es que alguna vez las tuvo. En el País Vasco, los hombres de Podemos han dado un paso histórico al forjar un pacto con los nacionalistas conservadores del PNV para apoyar sus presupuestos junto a los socialistas vascos y evitar así que éstos tuvieran que apoyarse en otras formaciones como el PP, a su derecha, o Batasuna, a su izquierda. Una demostración de lealtad que debe servir de ayuda en Madrid para que el PNV apoye la formación del gobierno de coalición que promueven Iglesias y Sánchez.

En Cataluña, sin embargo, el trabajo necesario va por otros derroteros. Aquí, Podemos se ha arremangado para seguir al pie de la letra las directrices de Ada Colau e intentar forzar la segmentación del independentismo, atrayendo a ERC hacia un pacto de izquierdas que prime lo social, en detrimento de lo territorial. Por lo menos, durante los próximos cuatro años. De momento, los comunes, nombre de guerra de Podemos en Cartaluña, y el partido de Oriol Junqueras y Gabriel Rufián han alcanzado un acuerdo para reformar la fiscalidad autonómica que recupera el impuesto de sucesiones y penaliza a los contribuyentes que ganen más de 90.000 euros al año. Una música que suena perfecta en la sede de los socialistas catalanes, pero que ha sentado muy mal en el entorno de Carles Puigdemont. A pesar de que su partido Junts per Cat se ha visto obligado a aceptarlo para no dar la impresión de que las diferencias entre las dos grandes formaciones independentistas empiezan a ser irreconciliables.

Ese acuerdo, que muchos ven como la antesala de un posible tripartito en Cataluña tras unas próximas elecciones autonómicas anticipadas que pueden llegar pronto si se confirma la inhabilitación del presidente Quim Torra, tal vez se revele clave a corto plazo, si finalmente ERC decide abstenerse en el Parlamento nacional, para permitir que arranque el gobierno progresista de Sánchez e Iglesias. Un Iglesias que, en otro impagable servicio a la causa, se ha reunido con varios dirigentes de ERC en Madrid, justo cuando los independentistas catalanes habían congelado la negociación con el PSOE, tras la publicación de la sentencia del Tribunal Europeo de Luxemburgo sobre Oriol Junqueras que corrige la decisión del Tribunal Supremo español que no tuvo en cuenta que tras ser elegido eurodiputado el político catalán, el político catalán gozaba de inmunidad.

Este es el nuevo Pablo Iglesias. Un hombre dispuesto a hacer poco ruido y a trabajar siempre en favor de Pedro Sánchez, el último clavo ardiendo al que puede agarrarse. Hasta el punto de forzar a los dirigentes de Podemos a aparcar durante un tiempo su ideología republicana tantas veces pregonada y a alabar públicamente el último mensaje navideño del Rey Felipe VI. El mismo que sus amigos de ERC no han dudado en calificar de Vox. Ese partido ultraderechista que se alimenta sobre todo del renacer del nacionalismo español extremo que ha provocado el independentismo catalán.

Ya ven que es cierto aquello que afirmó Winston Churchill de que la “política hace extraños compañeros de cama”. ¿O fue Groucho Marx quién lo dijo? Los expertos no se ponen de acuerdo.

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