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López Obrador y Alberto Fernández descubren lo difícil que es hacer populismo sin dinero

miércoles 15 de enero de 2020, 18:00h
Pedro Benítez (ALN).- No son las épocas en las que Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner se daban el gusto de humillar en público a George W. Bush. El petróleo no se cotiza en 100 dólares el barril ni la soja en 600 dólares la tonelada. Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández llegaron al poder cuando la fiesta tenía rato de haber terminado.
AMLO ha encontrado la producción petrolera mexicana en declive / Foto: Presidencia
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AMLO ha encontrado la producción petrolera mexicana en declive / Foto: Presidencia

Con la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México el 1 de diciembre de 2018 y, un año después, de Alberto Fernández en Argentina el 10 de diciembre de 2019, parecía que otro ciclo populista (de izquierda) comenzaba en América Latina.

La etapa de gobiernos neoliberales de “derecha” que comenzó con la elección de Mauricio Macri en 2015, seguido con la destitución por el Congreso de Brasil de Dilma Rousseff y la reelección de Sebastián Piñera en Chile, quedaba como un paréntesis. Los gobiernos “progresistas” y “populares” regresaban a la región. Volvíamos a 2003. El reinicio de la era dorada inaugurada por Hugo Chávez, Luis Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner.

Pero el tiempo no ha pasado en vano. Una cosa es querer ser populista y otra muy distinta es poder ser populista. Una cosa es gobernar y repartir con el precio del petróleo subiendo año tras año hasta los 100 dólares el barril o con el precio de la soja en 600 dólares la tonelada. Y otra muy distinta querer hacer lo mismo con el precio del petróleo entre 60 y 70 dólares (que no está mal) y de la soja en 300 dólares.

Las circunstancias han cambiado. Con esa realidad se han topado los presidentes de México y Argentina para frustración e impotencia de sus partidarios más radicales. AMLO y Alberto Fernández llegaron cuando la fiesta había acabado.

El presidente mexicano parece haberse creído una de sus promesas de campaña, esa según la cual el petróleo sería la palanca para la redistribución justa de la riqueza nacional. En cambio, se ha encontrado con la producción petrolera mexicana en declive, con el monopolio estatal de Pemex realmente quebrado, tal como lo habían advertido los tan despreciados expertos por años y no como él sostenía. No ha bastado con sacar a los “corruptos” para que la leche y la miel fluyan. Se necesitan inversiones. Inversiones privadas, porque a todas luces es absurdo que el Estado lo haga.

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No obstante, AMLO está haciendo lo contrario. Le está inyectando recursos públicos al sector (8.000 millones de dólares para construir la refinería Dos Bocas, en el estado de Tabasco), mientras que al mismo tiempo le recorta el presupuesto a sectores como la salud.

Con este tipo de prioridades López Obrador evidencia su desconocimiento de la realidad económica de México. Un país industrial donde el sector privado aporta el 90% de las divisas.

Un líder de corte socialdemócrata a la europea estaría promoviendo una profunda reforma fiscal para incrementar las inversiones en salud, educación, infraestructuras o mejoras a la seguridad social. Pero lo que se le ha visto y escuchado al presidente mexicano son las viejas recetas populistas latinoamericanas. Pero sin dinero. Arroz con pollo, pero sin pollo.

López Obrador necesita, por ejemplo, la reforma petrolera que logró aprobar su tan denostado predecesor, Enrique Peña Nieto, si quiere incrementar la producción de hidrocarburos del país. Esa misma reforma (entre otras) que tanto criticó.

Pero sus pasos van por otro lado y han desalentado la inversión privada, teniendo como consecuencia que el ya mediocre crecimiento económico de los años previos a su llegada al poder haya sido apenas del 1% en 2019.

No se puede atribuir este desempeño a factores externos, puesto que la economía de Estados Unidos, a donde se dirigen casi las tres cuartas partes de las exportaciones mexicanas, va mejor que nunca.

Por lo visto en su primer año de gestión no puede decirse que AMLO sea un gobernante derrochador; más bien extravagante en algunas cosas como su empeño en no usar el avión presidencial (lo que le ha resultado más oneroso al contribuyente mexicano). En su primer año tuvo una gestión fiscal prudente que denominó como “austeridad republicana”, recortando gastos en casi todos los sectores, incluyendo infraestructura, salud, educación, ciencia y tecnología.Fernández aplica un conjunto de medidas de corte heterodoxo / Foto: @alferdez

Eso sí, incrementó los gastos sociales que implican asignaciones directas a los beneficiados. Adultos mayores y jóvenes. La clientela política que empieza a alimentar pensando en el próximo ciclo electoral. No muy distinto a lo hecho por otros gobernantes mexicanos.

Austero por un lado porque no se quiere arriesgar a desequilibrar las cuentas fiscales, pero clásico populista por el otro. Lo cierto es que AMLO es un gobernante atado. Sin recursos extras, sin el petróleo adorado por los populistas dados a repartir dádivas masivamente, ligado a su vecino del norte por un acuerdo de libre comercio (es paradójico que su principal logró sea precisamente que Donald Trump haya firmado uno nuevo) y sin aparente disposición a emprender una reforma fiscal. Y además, sin ninguna estrategia clara para enfrentar el más urgente problema de México hoy: la violencia del narcotráfico.

El único terreno donde López Obrador parece tener una ruta clara y despejada es el político. Allí, aprovechándose de la debilidad de sus opositores, avanza en el propósito de instaurar una nueva hegemonía política, donde su movimiento Morena reemplace al viejo PRI.

Una bomba a punto de explotar

Varios miles de kilómetros al sur del continente, Alberto Fernández la tiene mucho más difícil. La economía de Argentina es una bomba a punto de explotar. El riesgo de default es inminente con el consiguiente desborde inflacionario. El nuevo mandatario tiene una carrera literalmente contra reloj.

Mientras que por un lado denuncia las políticas neoliberales de su predecesor (que hoy se sabe no fueron tanto), no decreta aumentos generalizados de sueldos. Por el contrario, aplica un conjunto de medidas de corte heterodoxo, parecidas a las que fallidamente implementaron los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney hace más de 30 años.

Recortes del gasto público por un lado (suprimiendo de hecho la indexación de las pensiones), incremento de bonos salariales por el otro y, eso sí, fuertes subidas de los impuestos (en un país que se encuentra entre los de mayor presión fiscal del mundo) y mayores controles de precios o divisas. Un coctel perfecto para desalentar la inversión privada.

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Fernández cuenta con una ventaja historia del peronismo: los sindicatos no le perturban. Al menos no por ahora.

Pero tal como van las cosas en Argentina puede que su gobierno (si tiene suerte con su vicepresidenta) termine emulando al del también izquierdista Alexis Tsipras en Grecia, que llegó al poder denunciando las imposiciones de la Unión Europea y el FMI a su país para terminar haciendo el ajuste económico. No le quedó otra.

Con este cuadro es evidente la razón por la cual López Obrador y Alberto Fernández no tienen ni tiempo ni margen de maniobra para trazar grandes alianzas continentales, como aquellas del eje Lula-Chávez-Kirchner. Tiempos pasados.

No les ha quedado por ahora otra opción que hacer gestos hacia la galería como pelotearse al expresidente Evo Morales. Su presencia incomodó rápido en México y ya lo hace en Argentina. AMLO depende del comercio con Estados Unidos, y Fernández necesita el voto de ese país en el FMI. Eso, y desalentar la inversión privada los une.

En los dos casos no es un problema de ideologías, sino de cuentas que no dan. Ya no hay quien pague la fiesta.

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