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Por qué el gobierno de Nicolás Maduro retrocede y vuelve a los controles de la economía

miércoles 06 de mayo de 2020, 11:00h
Guillermo Ortega (ALN).- Desde finales de 2018 el gobierno de Nicolás Maduro inició un viraje en su política económica: eliminó el control y permitió cierta flexibilidad en la determinación de la tasa de cambio, introdujo un esquema de restricción monetaria, abandonó la política de control de precios y en materia petrolera le dio gran libertad a sus socios para que determinaran el rumbo del negocio, relajando la camisa de fuerza desde los tiempos de Rafael Ramírez, expresidente de Petróleos de Venezuela. Algunos pensaban que se trataba de un cambio a una especie de socialismo chino, en el cual el gobierno mantenía un control político rígido, mientras permitía que el mercado se encargase de los asuntos económicos. Era el momento de los optimistas anónimos.
Maduro y el gurú de la economía dan pasos hacia adelante y hacia atrás / Foto: VTV
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Maduro y el gurú de la economía dan pasos hacia adelante y hacia atrás / Foto: VTV

Luego de poco más de 18 meses de ese cambio de rumbo, con la vuelta al control de precios muchos piensan que el experimento terminó y ahora los radicales retomaron el control y regresamos al cuadro de inicio.

Aunque parezca difícil de creer, esa película de avances y retrocesos en una transición suele repetirse con cierta monotonía. Es todavía más común en el marco de experimentos socialistas en el que el dogma no solo es un obstáculo sino también sirve a veces de comodín. ¿De qué trata esta vuelta a los controles? ¿Es acaso el fin del experimento neoliberal del gobierno de Maduro? ¿Es un reacomodo estratégico o simplemente una jugada política?

En realidad el asunto es un poco más complejo

Para quien no conoce los antecedentes en el mundo comunista, esos procesos de abandono de los viejos dogmas de la economía marxista, son muy contradictorios y con frecuencia es una larga historia de avances y retrocesos. Sucedió en la Unión Soviética, en la China de Deng Xiaoping, en la Cuba de Raúl Castro y sucede ahora en la Venezuela de Maduro.

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El dogma principal de los economistas marxistas es la teoría del valor y un desconocimiento casi infantil de cómo se forman los precios. El mismo Marx prometía para el tomo III del capital resolver ese misterio de cómo se transforman los valores en precios, y al incumplir la promesa dejó para todos sus seguidores un gran vacío, con enormes consecuencias prácticas. El misterio, para ponerlo en términos marxistas, es la diferencia de lo que valen los bienes, el trabajo socialmente necesario incorporado en los bienes, y lo que finalmente pagan los consumidores en el precio.

Emeterio Gómez, ese gran venezolano, recientemente fallecido, también economista y filosofo, brillante e implacable en la crítica, describía esa pretensión de resolver el misterio de la transformación de valores a precios como una verdadera imbecilidad, una de esas oportunidades en las que Marx sucumbió a la ideología y abandonó la explicación científica . En el pensamiento marxista, en la mejor tradición de su fundador, toda desviación entre el costo de producción y el precio es producto de la especulación o de algún proceso de extracción de rentas.

En realidad es un desconocimiento muy básico de cómo se forman los precios y cuál es su rol en la estructura de incentivos que señaliza el proceso de asignación de recursos. La información incorporada en los precios y ese proceso descentralizado de cómo se trasmite a los agentes económicos, hace que el proceso de formación de precios se aleje del paradigma marxista , pero también del ideal ingenuo de la competencia perfecta.

En la tradición socialista ese misterio no resuelto llevó a cometer muchos errores, sobre cuando les tocó tomar decisiones de gobierno. El principal de ellos: creer que el conocimiento del costo o el valor puede llevar a un proceso de asignación de recursos tan eficiente como el mercado. Es la tragedia del planificador central. Los rusos apenas llegaron al poder invirtieron mucho tiempo en tratar de aplicar los dogmas de la planificación central a la economía soviética. Pero los fracasos llegaron temprano.

Todo comienza con Lenin

El mismo Lenin, ya en 1922 iniciaba un proceso de revisión que se conoció como la Nueva Política Económica (NEP) que inicialmente retomaba mecanismos de fijación de precios, más determinados por oferta y demanda que por la sabiduría omnipresente del planificador central. Igual sucedió en China, tan temprano como en 1956, y lo mismo sucedió en Yugoslavia y en otros países, como Hungría y Polonia, en una sucesión de avances y retrocesos, una discusión muy intensa, sobre todo en el mundo académico, para entender las complejidades del proceso de formación de precios. Pero la manera en que esas discusiones llegan a los decisores de políticas siempre comporta enormes rezagos. El proceso no es tan sencillo como que se devela la verdad y los miembros del politburó se convencen de la magnitud de los errores.

La mejor reseña de esas discusiones al interior del mundo socialista es el libro “Understanding and Interpreting Chinese Economic Reform” del gran economista chino Jinglian Wu, el principal arquitecto de la apertura china, en el que reseña cada una de las reformas en los países socialistas. Esas discusiones son algo relativamente desconocidas para el mundo occidental. La referencia más conocida es la célebre polémica, a finales de la década de los treinta, entre Friedrich Hayek y Oscar Lange sobre los problemas de la planificación central. Pero al interior de los países socialistas, esa discusión de cómo abordar el tema de la determinación de los precios, tiene antecedentes tan lejanos como a 1922. Los errores se descubren temprano, pero corregirlos lleva tiempo. Al final, la toma de decisiones es un balance muy delicado medido en unidades de pragmatismo. En realidad los gobiernos solo toman decisiones cuando se enfrentan al fracaso de sus políticas. Pocos tienes la habilidad de anticipar los riesgos. Y una razón muy importante tiene que ver con el entorno muy particular en que se toman esas discusiones en los gobiernos socialistas. En general se trata de un esquema de poder centralizado, de camarillas burocráticas muy rígidas, donde el disenso no es bien visto y a la acusación de reformista a veces es utilizada para realizar purgas brutales.

Qué pasa en Venezuela

En el caso venezolano, toda mención a esos antecedentes parecieran una referencia demasiado académica, sobre todo si se piensa en un gobierno que ha tenido una paciencia patológica para no advertir sus errores. Y es una lista larga. El insistir con el control de cambio y permitir una diferencia inaudita entre los diferentes tipos de cambio. El endeudamiento, la política petrolera, los controles de precios, las expropiaciones, etc. Un coctel demasiado toxico que no podía tener otro final. El gobierno comienza tarde a reconocer sus errores y lo hace en las peores condiciones. Un proceso de rectificación es un ejercicio ordenado que es de muy difícil ejecución en condiciones normales, casi imposible en el clima de las condiciones actuales.

Cuando el gobierno inicia ese proceso de rectificación a finales del 2018, no tenía muchas alternativas, pero partía de una base inexistente para iniciar un proceso de estabilización exitosa: No poseía reservas que administrar, no tenía capacidad de administrar la industria petrolera y el colapso fiscal, sin la disposición para crear el espacio necesario, no le dejaban más alternativa que abandonar los controles

Venezuela, en los últimos 40 años ha tenido momentos muy breves de flexibilidad cambiaria y de precios. Se trata de una sociedad muy refractaria a la idea de que los precios fluctúen y en momentos de hiperinflación en los que además del crecimiento vertiginoso de los precios, hay grandes fluctuaciones en los precios relativos, el cambio de rumbo termina con muy pocos adeptos. Cuando el gobierno inicia ese proceso de rectificación a finales del 2018, no tenía muchas alternativas, pero partía de una base inexistente para iniciar un proceso de estabilización exitosa: No poseía reservas que administrar, no tenía capacidad de administrar la industria petrolera y el colapso fiscal, sin la disposición para crear el espacio necesario, no le dejaban más alternativa que abandonar los controles. En esas condiciones el ajuste no podía tener otro resultado que más recesión.

Lo que estaba mal ahora está peor

La tragedia venezolana es difícil de describir, es un colapso social y económico como pocos. La hiperinflación es un fenómeno poco común pero hay una colección de episodios que se pueden utilizar como referencias. Pero esa combinación de hiperinflación con una recesión brutal y prolongada es muy particular. Nicaragua que tiene el récord de la hiperinflación más prolongada, y cuyo paralelo con Venezuela es muy tentador por las fuertes restricciones externas que padeció, no representa ni de cerca la misma combinación de resultados.

En el caso de Nicaragua, al final de la hiperinflación había perdido 20% de su capacidad productiva. Venezuela, que de forma similar padece una hiperinflación prolongada, ha registrado una pérdida de producto de más de 60%, casi tres veces más. Una de las razones de ese resultado es que el gobierno en su forma de actuar termina produciendo en su ajuste más recesión. Un colega que acostumbra a ejercer esa extraña profesión de apostar por versión contraria, siempre recuerda que, al final, de algún modo la economía venezolana sigue funcionando. Funciona a un costo social y económico inimaginable, en las condiciones de un naufragio. El ajuste siempre termina realizándose. La caja del gobierno de algún modo termina produciendo que el resto de la economía se ajusta a ese nueva restricción presupuestaria. Pero el costo es inaudito. Una economía con una hiperinflación que ya va para 4 años y un país que ha visto destruir dos tercios de su aparato productivo y buena parte de su infraestructura de servicios. Es una tragedia que los números describen con crudeza. Es un país que ya no es un exportador neto de petróleo, un Estado que ya no es oferente de divisas, una sociedad que ahora vive de las remesas , que no tiene moneda propia.

Es un colapso que se ha agravado con las restricciones externas y por la crispación política y que ahora se empeora por la llegada de la pandemia. Lo que ya estaba mal, ahora es todavía peor.

En esas condiciones, un gobierno cuyo interés fundamental es la supervivencia entra en ese proceso de revisión de si lo que hizo le va a permitir lograr su objetivo. Es el balance de un cálculo político y una restricción presupuestaria que siempre termina produciendo el ajuste. En la medida que retrocede en algunos terrenos, pretende avanzar en otros en el mejor estilo leninista. Trata de sortear obstáculos. Es notorio el descontento de algunos círculos cercanos y disminuir la resistencia a ese proceso de liberación. El núcleo de economistas que señalaba que el tipo de cambio no tenía explicación económica y que todo era producto de la manipulación, estuvo callado por más de 18 meses, pero ahora encuentra razones para argumentar a favor de la vuelta de los controles. Los que criticaban la política petrolera, que daba más espacios a los socios externos, ahora también se atreven a renovar sus críticas, y quienes dentro del gobierno todavía sacan la cuenta de lo que puede ser una futura sucesión, entonces ahora hilvanan sus críticas recordando el legado del difunto.

Todo parece parte de un libreto de una película que ya se ha visto en otras oportunidades. Un cuadro parecido llevó al colapso de muchos experimentos socialistas que tienen desenlace en una dirección o la otra. En un extremo, el más notorio ejemplo de colapso es el la Unión Soviética, pero también puede mencionarse el caso sandinista. En el otro extremo, el colapso condujo a purgas internas y llevó a grandes correcciones, el más notorio, la purga de la banda de los cuatro y el establecimiento del capitalismo salvaje, versión china.

¿Dónde va a terminar el caso venezolano?

No es fácil sacar lecciones sobre esos episodios, pero por lo general esos colapsos no necesariamente conducen a las desapariciones de los regímenes autoritarios. Ejemplos sobran en los países socialistas. No hay proyecciones lineales de la economía hacia la política. El colapso produce un ajuste en el cual los gobiernos son obligados a corregir el rumbo, pero el resultado en modo alguno está bajo su control. Y cuidado, tampoco significa que el ajuste traigo consigo un cambio de régimen, y mucho menos que sea exitoso. Al final, no hay dudas que estamos a las puertas de una transición. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuál es el camino que va a tomar? Es una historia en desarrollo.

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